sábado, 24 de enero de 2026

¿Por qué este Blog?

A modo de Presentación parece oportuno tratar de explicar el por qué de este Blog. Cuando en julio de 2013 me sorprendió la noticia del paso de Cela (uno de mis novelistas) por Hoyo de Manzanares (mi segundo pueblo madrileño) lo primero que me ocupó fue recabar cuanta información me fuera posible al respecto. Gracias a la colaboración de distintas personas (Juan de Orduña, Director del Centro de Cultura; Fran Blanco, de la Fundación Pública Gallega Camilo José de Cela; Carmen Merino, Archivera del Ayuntamiento de Hoyo; y, sobre todo, Camilo José Cela Conde) conseguí reunir un buen paquete de datos que me permitió componer una primera semblanza de esa reducida, pero transcendente, estancia de Cela en Hoyo de Manzanares.

Lo que puse negro sobre blanco contó con el beneplácito de quienes habían colaborado con su información y, para mi sorpresa, Juan de Orduña la convirtió en el opúsculo: Camilo José Cela y Hoyo de Manzanares, presentado por el Alcalde José Ramón Regueiras, que editó y distribuyó el Ayuntamiento el Día de Cervantes de 2014, con ocasión del “bautizo” de la Biblioteca Municipal con el nombre de Camilo José Cela, acto al que asistió el hijo, Cela Conde, así como Maruxa y Jorge, dos de los hermanos del Nobel.[1]

Fue en ese acto inaugural cuando Cela Conde nos informó de la existencia de veintiocho cartas escritas en el Nuevo Sanatorio por su padre y enviadas a su entonces novia Charo, y fue al final de ese acto cuando le rogué a Camilo que me las diera a conocer. Aún no sé muy bien qué le movió a hacerlo, pero siempre le estaré agradecido por su confianza y generosidad.

La lectura de las cartas trajo tres consecuencias para mí:

  • Descubrí que el Cela que estuvo en Hoyo era muy distinto del personaje público que todos teníamos en la retina y la memoria. Esta idea la compartí en la charla que di en el Centro de Cultura del Día de Cervantes de 2015, titulada: El hombre que se convirtió en Cela.
  • Mi interés en el tema giró, desde la simple recogida de datos hacia la difusión de la transcendente estancia de Cela en Hoyo, tanto para los celianos como, sobre todo, para los hoyenses que se movían entre la ignorancia, el olvido o el rechazo de dicha estancia. Este giro es el que ha regido todas mis acciones posteriores, incluido este Blog.
  • Hizo nacer en mí la necesidad de dar las a conocer las cartas. Tras exponer a Camilo mi intención, me encaminó hacía una versión novelada de su interesante contenido para evitar problemas de carácter legal. De ahí surgió Mi verano con Cela en Hoyo.

Esta historia novelada, que más tarde he calificado como “trampancéfalo” (trampa para el cerebro), fue asumida por el añorado Miguel Tébar, propietario de Ediciones La Librería. Miguel, hombre relacionado con Hoyo, lo editó y lo publicó, seguramente convencido, como yo, que el libro tendría una favorable acogida entre los hoyenses y sus veraneantes.

El Libro, que dediqué “a Hoyo”, fue presentado el Día de Cervantes (otra vez) de 2016, de nuevo con la presencia del hijo y hermanos de Cela, en el año de su Centenario. En su contraportada, Cela Conde dice que: “Rafael Martín, como buen ingeniero, se ha documentado, ha trazado un algoritmo y ha obtenido unos resultados que, ¡oh sorpresa!, son literarios.” Todo hacía indicar que el tema iba por buen camino, pero el Ayuntamiento no tuvo a bien comprar y distribuir un buen número de ejemplares, como había hecho con algún que otro libro referente a Hoyo. Si para mí supuso un desencanto, para Ediciones La Librería supuso un importante quebranto económico.

Como buen componente del género humano no sólo no aprendí nada de este mi primer tropiezo, sino que puse todo mi entusiasmo al servicio de la deseada asunción del tema Cela por Hoyo y los hoyenses, de forma tal que la mucha información que fui recogiendo durante los distintos actos del Centenario del Nobel, me convenció de que debía seguir escribiendo sobre el tema. Esas nuevas informaciones reforzaban el convencimiento de su importancia para la vida y obra de Cela y fraguaron en mí la idea de juntarlas y ordenarlas en un nuevo texto de tipo ensayístico. Y dicho y hecho: en el verano de 2018 terminé de redactar un texto titulado Cela en Hoyo… y viceversa, que dediqué “a hoyenses y celianos”. Como mi interés era facilitar la deseada asunción por parte del Ayuntamiento, le cedí el texto y lo registré a su nombre, pero en el trámite de la presunta Presentación se produjo un desencuentro con los responsables del Centro de Cultura sobre quien debería convocarla y se produjo un impasse en el proceso, que se vio interrumpido por la celebración de las elecciones municipales, en las que se materializó el relevo en el Equipo de Gobierno. El resultado fue el olvido y “almacenamiento” del Libro por parte del nuevo Ayuntamiento.

Los sucesivos intentos frustrados de comunicación con los nuevos responsables me terminaron convenciendo de que la relación estaba definitivamente interrumpida y que debía intentar buscar una vía alternativa para que el texto pudiera ver la luz. Lo revisé, le añadí un Apéndice y empecé la obligada búsqueda de alguna editorial que pudiera interesarse por él. Como es lógico Miguel Tébar ya había escarmentado con Mi verano y declinó mi propuesta, y ninguna de las editoriales que consulté se mostraron interesadas. Seguramente la culpa era de mi texto.

Recurrí entonces a la autoedición, que al menos me permitió materializar la obra y recibir el apoyo y el beneplácito de familiares y amigos. Dios les bendiga.

El libro que titulé Cela versus Hoyo, y que dediqué de nuevo a hoyenses y celianos, contó con un gentil Prólogo de Cela Conde en el que afirma: “Rafael Martín se lo ha propuesto y ha acertado. El pulso entre CJC y Hoyo tenía que recuperarse”. Como el diálogo con el Ayuntamiento siguió cortado, y el Libro no fue presentado formalmente, su repercusión entre los hoyenses, para los que había sido escrito, fue muy reducida. Tuvo alguna repercusión entre los celianos (sus otros destinatarios) como parece probarlo el hecho de haber sido incorporado a una de las vitrinas de la Sala Pascual Duarte del Museo de la Fundación Pública Gallega Camilo José Cela, en Iria Flavia.
Vitrina del Museo 

En 2019 entró en contacto conmigo Eugenio Baras Navarro, nieto de Eugenio Baras Padilla que había sido compañero de Cela en el Nuevo Sanatorio. El nieto había identificado al Miguel Vela que yo había creado para Mi verano, con su abuelo. Intercambiamos mucha información y poco a poco fue tomando cuerpo la idea de volver a escribir una historia novelada sobre la estancia de Cela, esta vez teniendo como contrapunto a una persona real.

Aunque yo había hecho públicas mis reticencias al respecto (Breve historia de un trampantojo, Apuntes del Ponderal, 5, oct. 2022) lo cierto es que la idea fue materializándose gracias a la colaboración de Eugenio Baras y poco a poco escribimos al alimón La forja de una amistad. Una vez más, Cela Conde tuvo la gentileza de incluir un interesantísimo Prólogo del que quiero destacar la siguiente frase: “El verdadero CJC como persona anclada a sus ansias, sus alegrías, sus temores y sus frustraciones aparece a mi entender mucho mejor retratado en este libro que en sus novelas y sus memorias”.

Cuando el texto estaba prácticamente concluido se produjo un acercamiento del Alcalde Carrasco interesado en su lanzamiento y presentación. De nuevo el devenir político interfirió en la que podría haber sido la evolución normal del nuevo Libro, ya que las elecciones y el relevo del Equipo de Gobierno desviaron la atención de los responsables hacia otros asuntos más urgentes y, sin duda, más importantes para ellos.

Sin apoyo municipal y tras otra nueva búsqueda frustrante de editoriales interesadas, Eugenio y yo recurrimos a la autoedición como único medio viable para ver el libro materializado.

No sin cierta sorpresa, el nuevo Ayuntamiento mostró, como su antecesor, el más absoluto desinterés por el tema, por lo que decidimos buscar vías alternativas para su Presentación y encontramos una grata oportunidad en otra tierra ligada a Cela como es Guadalajara y su Alcarria. En marzo de 2024 realizamos una Presentación formal en el magnífico marco de la Biblioteca Pública del Estado en Guadalajara.

Para terminar de reseñar aquí mis intentos de difundir el tema Cela-Hoyo a través de la letra impresa debo recordar que en el número 7 de los Apuntes del Ponderal (nov.2024) tuvieron a bien incluir mi artículo titulado: «Nupcial»: un poema hoyense de Camilo José Cela.

Como se puede ver no han sido pocos mis intentos de apoyar la difusión del importante paso de Cela por Hoyo de Manzanares en la letra impresa, pero también se puede comprobar que el éxito ha sido menguado, o al menos muy por debajo de lo que creo merece el tema. Ha habido algunos logros muy apreciables:

  • El interés de la Fundación Pública Gallega Camilo José Cela, pese a su desencuentro con Cela Conde, evidente avalista de mis publicaciones.
  • La asunción del tema por parte de Marisa Baelo, tanto en Cosas de Hoyo, como en los Paseos Literarios.
  • La acogida de la Asociación Cultural el Ponderal, tanto con la publicación de los Apuntes de varios artículos referentes al tema como por toda la información recogida en la Wiki Hoyo de Manzanares, mantenida y gestionada por Juan Manuel Hortelano.

Todo ello, con ser importante, sólo minimiza mi sensación de cierta frustración, de la que sin duda debo empezar por asumir mi responsabilidad. No he sido capaz de despertar el interés del Ayuntamiento ya fuera del PSOE o del PP, cuando el tema es de interés evidente; no muchos pueblos pueden presumir de haber jugado un papel transcendente en la vida y obra de un premio Nobel.

El escaso éxito de los libros escritos ha llevado a las editoriales a descatalogarlos, por lo que en breve plazo están llamados a desparecer del “mundo real” y esta es la principal razón que me ha llevado a abrir este Blog, que permanecerá abierto por más tiempo y permitirá recoger nuevas informaciones cuando se produzcan, como espero, nuevos hallazgos.



[1] El texto también fue incluido en el número 17 de la Revista La Gatera de la Villa, publicado en abril de 2024.

 


ÍNDICE

¿Por qué este Blog?

Cela estuvo aquí

Qué Cela estuvo en Hoyo

Por qué estuvo

Cuánto tiempo estuvo

Dónde estuvo














viernes, 23 de enero de 2026

Cela estuvo aquí


Hubo un tiempo en el que diversos lugares públicos, sobre todo bares y pubs, lucían con orgullo, aunque en ocasiones con dudosa credibilidad, aquello de: “Hemingway estuvo aquí”. La moda fue tan agobiante que produjo la reacción de otros tantos establecimientos que lucían, y lucen, el cartel: “Hemingway nunca estuvo aquí”. Es de suponer que en este caso siempre sea verídico.

Hoyo de Manzanares puede afirmar con plena veracidad que Cela estuvo aquí, parafraseando ese eslogan, y presumir con orgullo de la estancia en el pueblo de uno de los pocos españoles que han conseguido un premio Nobel de literatura. En efecto, no se tiene conciencia de que ni Echegaray, ni Benavente, ni Jiménez, ni Aleixandre, ni, tampoco el peruano-hispano Vargas Llosa, hayan tenido contacto personal con Hoyo de Manzanares.

Por cierto, entre ambos novelistas existían significativas diferencias de edad, cultura o sensibilidad política, lo que no impidió que establecieran una relación de amistad seguramente basada en su enorme capacidad para observar y analizar a las personas, sus entornos y sus reacciones, que dejaba en un plano inferior las citadas diferencias.

Cuando Hemingway fue a visitar a Cela en Mallorca, en 1956, ya había sido galardonado con el Nobel dos años antes. A buen seguro que Cela le preguntaría sobre esa experiencia que él conseguiría vivir 33 años más tarde.

 


jueves, 22 de enero de 2026

Qué Cela estuvo en Hoyo

En esa especie de Presentación que he titulado: ¿Por qué este Blog? ya he dejado dicho que la lectura de las veintiocho cartas que Camilo escribió a su novia me descubrió un Cela bien distinto del que habitualmente salía en periódicos, revistas, radio o televisión. Ahora es el momento de argumentar esa afirmación.

A tal efecto, es conveniente hacer una breve semblanza de los veintiséis años que Cela llevaba vividos cuando su tío Pío le subió desde Madrid al Nuevo Sanatorio de Hoyo de Manzanares.

Para empezar, resulta pertinente, en el contexto de la interrelación Cela-Hoyo, recordar que su padre, Camilo Crisanto Cela Fernández, fue un destacado miembro del Cuerpo Técnico de Aduanas, lo que posibilitó sufragar la estancia del hijo en el Sanatorio. También lo es que la familia se había trasladado a Madrid en 1925, cuando Camilo contaba nueve años.

Según los datos autobiográficos de Cela, sobre cuya fiabilidad como se verá más adelante hay que establecer algunas reservas, Camilo no debió ser un niño estándar, un niño convencional, y de ahí que resultara un estudiante entre mediocre y francamente malo, seguramente porque su carácter, su imaginación y su creatividad chocarían frontalmente con el sistema reglado de aquellos años (y de estos).

Parece que Camilo pasó por las aulas clásicas de jesuitas, maristas y escolapios, siempre con menguado éxito, y terminó sus estudios secundarios en 1934 (es decir, con 18 años) en el Instituto de San Isidro. Tras culminar el bachillerato inició la carrera de Medicina, que abandonó en el primer año porque, según sus propias palabras, le daba mucho asco.

No acabaron aquí los intentos de estudiar una carrera por parte de Cela, o quizás de la familia. Abandonada la medicina y para complacer a su padre empezó a preparar Aduanas, aunque eso sí, a cambio de que le dejara asistir como oyente a las clases de Literatura Española Contemporánea que impartía Pedro Salinas en Filosofía y Letras. Aún, tras el trágico paréntesis que impuso la guerra civil, inició Derecho donde cursó los tres primeros años y asignaturas sueltas de 4º y 5º.

En 1942, Cela estaba empleado en el Sindicato Nacional del Textil, situado en el número 14 de la calle de la Princesa, en el glorioso puesto, según sus propias afirmaciones, de segundo por abajo, después del conserje.

Pero si Cela carecía de las aptitudes y actitudes exigidas para cursar una carrera universitaria al uso, estaba más que sobrado de las que necesitaba para seguir su vocación inequívoca de escritor, y se preparaba para ello acumulando cuanta información se ponía a su alcance.

Gracias a esas clases de Salinas, que le “cambió” a su padre por empezar Aduanas, y a la asistencia a tertulias y reuniones literarias, consiguió entablar relación e incluso amistad con el escritor y filólogo Alonso Zamora Vicente; trató a Miguel Hernández y María Zambrano, en cuya casa de la plaza del conde de Barajas conoció a Max Aub, y otros muchos escritores e intelectuales.

Leía compulsivamente, aunque quizás lo que cuenta Alonso Zamora del Rivadeneyra no tenga por qué ser literalmente cierto [1]. En 1942 ya era colaborador de cuantos periódicos y revistas se le ponían a tiro, y había publicado una Biografía de san Juan de la Cruz, bajo el seudónimo: Matilde Verdú. Además, y esto es muy importante, tenía en el cajón sus poemas Pisando la dudosa luz del día, que no vieron la luz hasta 1945, y su primera y crucial novela: La familia de Pascual Duarte.

No se puede esbozar una semblanza de este joven de 26 años sin considerar la traumática experiencia que supuso para él, como para tantos otros jóvenes de su generación, la guerra civil. Su inicio le pilla en Madrid, con 20 años, convaleciente aún de su enfermedad; por coherencia con su tradición familiar y sus creencias, Cela se pasa al bando sublevado para alistarse, entrar en combate y ser hospitalizado en Logroño. Cela afirma que esta hospitalización se debió a una herida recibida en el frente, pero la familia no recuerda haber visto en el cuerpo de Camilo cicatrices que avalen tal hecho, por lo que lo más probable es que se debiera a sus pulmones maltrechos, pero el creativo Cela preferiría una versión más “heroica”.

No hay que ser muy perspicaz para deducir que la guerra civil no le dejó un buen sabor de boca, pese a haber participado en el bando vencedor. Sin duda, eso le puso al resguardo de depuraciones y represalias…, pero desde luego no le alineó anímicamente con la línea de pensamiento triunfadora. Un hombre que escribe el Pascual Duarte, la Colmena o el San Camilo, no puede pertenecer al conjunto de autores que celebraban el Régimen o lo soslayaban hábilmente. Además, contaba con grandes amigos alineados con el bando perdedor.

Aún quedan dos pinceladas muy importantes para completar este esbozo esquemático de los primeros 26 años de Cela. La primera es su condición de enamorado. Camilo era de natural enamoradizo y ha contado a su manera su iniciación en el amor y el sexo. Son creíbles, sus exhibiciones en el Canalillo, las relaciones con las fámulas, sus excesos con unas hermanas tísicas y su noviazgo con Toisha Vargas, aunque los detalles de sus narraciones puedan resultar bastante dudosos, como por ejemplo lo del ojo conservado en alcohol de la desdichada Toisha.

Pero todos estos escarceos y experiencias pueden considerarse como un camino iniciático que llevó a Cela a su encuentro con Charo Conde y a su enamoramiento fulminante y casi obsesivo, que debió producirse el día de Reyes de 1940.

Cuando Cela llega a Hoyo, su amor por Charo es, junto a la publicación de su Pascual, uno de sus temas recurrentes, una obsesión.

La última pincelada, realmente un brochazo, que termina de perfilar la persona de Cela en 1942, y que además es la causante de su subida a Hoyo, es su enfermedad. Desde su infancia Camilo fue un niño, y luego un joven, de salud quebradiza, de apetito caprichoso, que alternaba la inapetencia con la voracidad cuando algo le gustaba [2]. Su figura longilínea era de las que en los años 40 se conocían como “cuerpo de tísico”.

Fueran aquellas dos hermanas casquivanas o fuera otro el origen de su enfermedad, lo cierto es que los análisis e inspecciones confirmaron la lesión del pulmón derecho de Cela a quien practicaron un neumotórax.

Además de su propia importancia clínica, la afección pulmonar tuvo sus profundas repercusiones en el carácter del joven y del adulto Camilo; le infundió pesimismo y un sentimiento trágico de la vida, con episodios en los que ansía la muerte [3] pero también le debió servir para madurar y relativizar la importancia real de determinados hechos. Seguramente fue la escritura la que le permitió superar estos traumas de sus años más jóvenes.

Este último apunte biográfico debe completarse con un hecho de cierta trascendencia, como es el de la estancia de Cela en el antituberculoso de Guadarrama, en 1931. Camilo tenía sólo 15 años, y el ambiente de ese sanatorio no sería el que luego encontraría en Hoyo, por lo que no puede extrañar que su impresión y su reacción no fueran muy positivas.

En resumidas cuentas, y según se deduce de su biografía y de las cartas a Charo, el Cela que estuvo en Hoyo era: en lo económico y social lo que hoy llamaríamos un nini; en lo afectivo, un enamorado obsesivo; en lo físico, un enfermo resentido con la vida; y en lo anímico, un ser inseguro, que invoca continuamente a la Divina Providencia para que le solucione su presente y su futuro.

Como se ve, un ser muy distinto de ese otro despótico, chulesco, misógino y descreído que aparecía continuamente en las gacetas y entrevistas. Tal vez, la vista de otra  fotografía de Cela distanciada en el tiempo de la del principio de la entrada, ilustra bien estas diferencias.

 

 

 

 



[1] En su Acercamiento a un escritor, Alonso asume que Cela se leyó sin pausa los setenta tomos del Rivadeneyra, durante su estancia en el Sanatorio de Guadarrama

[2] La inquietante patografía de Camilo José Cela José. M.ª Rodríguez Tejeriína

[3] En Pisando la dudosa luz del día hay algún ejemplo de estos sentimientos.

Por qué estuvo

Cela no subió en julio de 1942 a Hoyo para veranear o para hacer senderismo sino para buscar la mejora de sus malparados pulmones. Como ha quedado dicho en Qué Cela estuvo en Hoyo, CJC venía arrastrando una lesión pulmonar desde hacía décadas. En su momento se le había practicado un neumotórax terapéutico para colapsar el pulmón, tratamiento que debió tener el efecto deseado, lo que no le impedía tener ciertas recaídas como la que le terminó llevando a Hoyo, pero afortunadamente sin presencia del bacilo y sin los demás síntomas externos de la enfermedad (esputos sanguinolentos, vómitos, etc.).

Sin duda la crisis más grave había sido la que le había obligado a internarse en el Sanatorio de Guadarrama con 15 años, pero también debió ser evacuado del frente y hospitalizado en Logroño por la misma causa.

No obstante, Cela debía tener conciencia clara de que no es lo mismo padecer una enfermedad que ser un enfermo, lo que le permitía poner una prudente distancia entre su persona, como paciente, y aquellos enfermos que anulaban su propia personalidad en aras de la “enfermedad triunfante”.

Es claro que Cela compartía la mala imagen que la mayoría de la sociedad de entonces tenía de la peste blanca y la miraba con reticencia cuando no con abierta repulsa. La actitud de algunos enfermos que centraban su vida en la enfermedad, producía un cierto desdén en el ánimo de Cela que le llevaba a calificarlos de vulgares y acongojadas margaritas gautier. La parte positiva de esta actitud, de esa consideración de los tísicos como “muy novelables”, es que eso llevó a Cela (según se lo cuenta a Charo en la carta del 8 de julio) a iniciar la escritura de su Pabellón de reposo, en la línea de Hamsun, para estrenar la mesa que había pedido que le instalaran, y dejar de utilizar el espejo como mesa improvisada. Resulta curioso que antes de escribir ni una sola línea ya tuviera decidido el título de la novela. Como veremos más adelante se lo dieron hecho.

Esa escritura  debió servirle de terapia a Cela pues descargó en su texto las heridas mentales que la enfermedad le había causado, saldando así las deudas que la tuberculosis había contraído con él; una auténtica catarsis.

 La vergüenza social

Cela también era muy sensible respecto al rechazo social, o al menos a la prevención social, ante las lesiones de pulmón y su carácter contagioso. Por esta razón no escatima precauciones para que, sobre todo, los padres de Charo no supieran dónde está “pasando” el verano; evitó la identificación rutinaria de la telefonista del Sanatorio en la llamadas telefónicas y aleccionó a los amigos a quienes envió con algún encargo a la farmacia para que “no metieran la pata”[1].

Aunque cueste pensar que alguien como Cela, que utilizó como lema de su marquesado “el que resiste, gana”, que solía ponerse el mundo por montera, que parecía estar al margen de convencionalismos, pudiera verse arrastrado a “olvidar” esta etapa de su vida, o al menos algunos detalles de ella. Pero lo cierto es que algo debió quedar muy dentro de él, pese a la catarsis del Pabellón, que explicaría que: no volviera por Hoyo de Manzanares; que no hablara de esta etapa en familia; que en alguna de sus notas autobiográficas hablara de Torrelodones en lugar de Hoyo; que las fotos que se hizo a menos de cien metros del Sanatorio las tuviera guardadas como “Torrelodones 1942”; etc.

No sería extraño que, durante aquellos años, y dada la sensibilidad social ante la tuberculosis, Hoyo de Manzanares se asociara en Madrid, con la enfermedad, como se asociaba a Ciempozuelos o Leganés, con sus manicomios (término, éste, ahora en desuso).

En coherencia con esta actitud, cuando Cela estaba preparando la subida de Charo y su hermana Maruja para el domingo 9 en la que serían acompañadas por “Felisa Aldecoa” les avisa por carta que Felisa no es portadora de bacilos.



[1] Todo esto consta así en las Cartas a Charo.


Dónde estuvo

Desde luego, en Hoyo

Hoyo de Manzanares tenía y tiene una muy bien ganada fama de pueblo saludable. Alberto Clavero[1], dedica en su libro gran atención a las excepcionales virtudes y características del agua, el aire y el suelo de Hoyo que le convierten, según su opinión, en un “sanatorio natural”. Como podrá comprobarse estas afirmaciones entusiastas se basan, en hechos positivos observados antes de los años 40, como eran una elevada longevidad y, sobre todo, una mortalidad infantil notablemente menor a la de otras poblaciones. La explicación de estos hechos, según Clavero debe encontrarse en dos peculiaridades hoyenses: sus aguas cárdenas y su radiactividad.

Los expertos de la época, y muy en especial Muñoz del Castillo[2], estudiaron las aguas de varios manantiales de Hoyo, que tenían una apariencia opalina debida a la suspensión coloidal de sílice, magnesia y otros elementos, y que tenían efectos positivos tanto intestinales como bronquiales. Las bautizaron con el atractivo nombre de aguas cárdenas. Estas aguas, una vez llevadas a evaporación, dejaban una cantidad importante de residuos (bicarbonatos, sulfatos y cloruros) que incluían algo más que trazas de radio, lo que introduce la componente radiactiva.

En los años 20 la radiactividad era considerada como una circunstancia altamente positiva; se ponderaban las aguas medicinales que eran ligeramente radiactivas, así como aquellos terrenos graníticos que también lo eran. Muñoz del Castillo y sus colaboradores del Instituto de Radiactividad tomaron muestras del agua, del aire y de los terrenos llegando a algunas conclusiones que ahora, cuando se ha abierto la “veda” del radón, pueden resultar sorprendentes. Observaron, por ejemplo, que en las casas que no estaban soladas, la radiación (la exhalación de radón, decimos ahora) era más alta, y proponían que no se solaran y que sus moradores durmieran tan cerca del suelo como les fuera posible para inhalar una mayor cantidad de radiactividad, lo que redundaría en la mejora de su salud.

En cualquier caso, en la primera mitad del siglo XX en la que la tuberculosis extendía su negra amenaza por el mundo occidental, éste no tenía más recurso que el aire seco y limpio y la buena alimentación para atajarla, por lo que las zonas montañosas ofrecieron su acogida a los sanatorios antituberculosos.

En los alrededores de Madrid, Guadarrama, Cercedilla o Arenas de San Pedro habían sido localidades elegidas a tales efectos. En 1923, haciéndose seguramente eco de los estudios antes mencionados, la revista El Siglo Médico afirmaba que Hoyo era: un rincón de la sierra llamado a adquirir renombre nacional, tanto por su climatología como por la salubridad de sus aguas que contenían sílice coloidal que actuaba como protectora del sistema pulmonar.

Consecuentemente con esta buena fama el Gobierno civil de Madrid decidió la construcción de un primer sanatorio antituberculoso en Hoyo de Manzanares, denominado Los Picachos, que estuvo situado en la finca llamada Miralpardo, donde hoy está ubicada Masada perteneciente a la Comunidad israelí de Madrid. Abrió sus puertas a finales de 1929.

Más adelante, en 1932, se produjo la apertura del Nuevo Sanatorio de Hoyo de Manzanares. La dirección se le encargó al doctor Rafael Navarro Gutiérrez que también era Director por oposición del Dispensario Antituberculoso Central de Buenavista (Madrid), y que anteriormente había sido médico interno del Hospital Nacional y del Sanatorio de La Fuenfría. 

Habitación del Nuevo Sanatorio
Este Nuevo Sanatorio inicialmente sólo tenía capacidad para recibir a cuarenta enfermos por lo que, y esto en muy relevante en lo que sigue, sus dueños, al terminar la guerra y dispararse la demanda de plazas antituberculosas propusieron y obtuvieron el permiso para ampliarlo, duplicando su capacidad. El edificio en el que estuvo alojado el Nuevo Sanatorio, es que hoy acoge las cocinas del CEIP Virgen de la Encina.

 Sí, pero ¿dónde estuvo Cela?

Este es un punto sobre el que he tenido que rectificar mis primeras afirmaciones, basadas en una información que al parecer no era veraz. La historia es sencilla:

El 23 de abril de 2014, una vez concluidos los actos del Sanatorio-Colegio y de la Inauguración de la Biblioteca, en la sobremesa del almuerzo ofrecido por el Ayuntamiento a los Cela, apareció Victorina Rosado, debidamente compuesta como era habitual en ella, para contar a Camilo que había conocido a su padre, así como para insinuarle que había sido autor de no sé qué picardías. Aseguró, con total seguridad que Cela había estado alojado en una habitación de la planta baja del hoy Colegio, en concreto la número 8, y así lo asumimos cuantos allí estábamos presentes.

Remarcada la zona ampliada
Como Cela Conde estaba rodando por aquellos días el Documental titulado: El recuerdo más cercano, en colaboración con Carlos Agustín y Belén Tánago, todos entendieron que era necesario recoger el testimonio de Victorina y el mío, para lo cual nos desplazamos al Colegio y allí, delante de la habitación 8, Victorina habló de sus recuerdos y yo de las informaciones que había ido recogiendo hasta aquél momento.

Luego, como se comenta a continuación, resulto que no era cierto. ¿Mintió Victorina? No lo creo, entiendo que conformó sus recuerdos de su trabajo en el Sanatorio, unos años después, a lo que le pareció más importante y atractivo.

Tanto en Mi verano Cela en Hoyo, como en Cela versus Hoyo yo tenía ubicado a Cela en esa habitación 8, por lo que, conocida la nueva información, no tuve más remedio que “trasladarle” de habitación y de edificio.

¿Y cuál fue esa nueva información que motivó mi rectificación? Pues una obtenida de la lectura detallada del libro: Los sanatorios antituberculosos de Hoyo de Manzanares, escrito por Pilar García Martín y Juan Antonio Morales Bonmatí[3], que contiene abundante e interesante información sobre esos sanatorios, incluyendo las oportunas citas sobre la estancia de Cela en el Nuevo Sanatorio. Una de esas citas llamó poderosamente mi atención; se trata de la incluida en la página 55, en la que, tras haber establecido que la finca Toki Alai, aledaña al Sanatorio, fue habilitada temporalmente para unos diez enfermos menos graves, se dice textualmente: Se baraja la posibilidad de que, parte del tiempo de ingreso de Cela en Hoyo de Manzanares, transcurriera en este chalé.

Esta suposición, que al parecer es cosa de Pilar García Martín, tiene muchos visos de ser certera. Tras conocer esa hipótesis y mantener una primera conversación con Pilar, me puse a revisar toda la información disponible que pudiese estar relacionada con ella, así como a buscar datos complementarios, y llegué a la conclusión de que era coherente con lo siguiente:

     Entre los dueños del Nuevo Sanatorio al principio de los años 40 estaba Rafael Guisasola Bilbao (pelotari conocido como Begoñés III), que era también propietario del chalé Toki Alai, contiguo a los terrenos del Sanatorio[4]. No es de extrañar que, durante el periodo que duraron las obras de ampliación, y para no perder la demanda de camas, los propietarios utilizaran el chalé para residencia de las trabajadoras en su planta baja, y como “pabellón de reposo” de unos diez enfermos no contagiosos, en su planta alta.

     En las cartas a Charo no hay ninguna mención concreta sobre el edificio en el que está alojado, pero sí se refiere a una tal Doña Paquita que es una señora encargada del pabellón donde yo estoy; lo del “pabellón donde yo estoy” parece muy compatible con la idea de estar en otro edificio, distinto del general en el que hoy se ubican las cocinas lel Colegio.

     Por otro lado, es evidente que Cela localiza muy pronto la encina que “brota” del granito, que le sirve de leitmotiv tanto para escribir el poema hoyense Nupcial, como para incluir sendas referencias al inicio y a la conclusión de su Pabellón de reposo. Pues bien, esa encina y ese granito son lo que en su día bautizamos como la “Silla de Cela” y están en Toki Alai, al pie el cahlé, que fue pabellón.

     No es de extrañar que tanto Cela, como Eugenio BarasPadilla, como Felisa Ibáñez de Aldecoa, todos ellos enfermos no contagiosos, estuvieran alojados Toki Alai, convertido transitoriamente en pabellón de reposo, en tanto no se concluyera la ampliación del edificio principal.

Toki Alai en la actualidad
En conclusión, y en lo que a mis investigaciones y elucubraciones respecta, “saqué” a Cela de la habitación 8 en la que le había “alojado” y le dejé definitivamente en el Toki Alai (“pabellón de reposo”) junto a sus amigos Eugenio y Felisa, al cuidado de Dª Paquita.



[1]Clavero Roda, Alberto. Hoyo de Manzanares en la Historia (2000)

[2]Muñoz del Castillo, José. La radiactividad en Hoyo de Manzanares, Madrid: Sucesor de Enrique Teodoro, 1923

[3] Editorial Rapitbook 2022

[4] Otros condueños parecen ser propio Director, Valdés Lambea, un promotor llamado Agapito Herrero, vinculado a diversas inversiones en el puerto de Navacerrada y José María Ruiz, médico titular de Hoyo.


miércoles, 21 de enero de 2026

Cuánto tiempo estuvo

Camilo José Cela estuvo en el Nuevo Sanatorio de Hoyo de Manzanares entre el 1 de julio y el 28 de agosto de 1942, es decir, un total de 59 días. La primera y más lógica reacción sería la de tener en poco un espacio de tiempo tan corto en la vida de un hombre que llegó a los 86 años, salvo en el caso de que, durante el mismo, se hubieran producido hechos importantes.

En principio, lo único que Camilo debía hacer en el Sanatorio era comer y descansar, actividades que no deberían dejar más huella que alguna lorza en la cintura, pero pedirle quietud a un hombre como él, que además en aquel momento estaba lleno de dudas, inseguridades, inquietudes y amor, era demasiado y esa breve estancia, como se podrá comprobar en lo que sigue, se convirtió en un hito significativo en su vida y su obra.

No obstante, es cierto que una y otra parte, Cela y Hoyo, Hoyo y Cela, han venido viviendo de espaldas hasta 2013; Cela había “resuelto” su paso por Hoyo con esas algunas citas, dudosas y contradictorias, mientras que Hoyo “sabía” lo de Cela, puesto que aún quedan testigos de su estancia, pero lo trataba con sordina, sin entrar en detalles. Sobre ambas actitudes se exponen posibles explicaciones que en ningún caso alcanzan la categoría de “razones”.

 Chopín en Mallorca

Quizás resulta oportuno comparar la estancia de Cela en Hoyo con la de Chopín en Mallorca. Para empezar, se trata de dos grandes creadores, de dos enamorados y de dos enfermos de pulmón (ahora hay médicos que creen que lo de Chopín era fibrosis quística y no tuberculosis)[1]. El músico tenía 28 años y Cela, 26. Curiosamente, tanto Cela en Hoyo, como Chopín en la Cartuja de Valldemossa, estuvieron sólo 59 días (Chopín y Sand pasaron otros 36 días en Mallorca, entre Palma y sus alrededores)[2].

Pero los paralelismos terminan aquí. La pareja "mallorquina"salió deprisa y corriendo huyendo del clima y de la gente de Valldemossa y despotricando, sobre todo George Sand, de Mallorca y sus habitantes a los que tachó de atrasados, tímidos y de insigne mala fe, rematando su inquina al calificar a Mallorca como la isla de los simios.

La conservadora población mallorquina de aquella época rechazó a una pareja que no estaba casada, que no asistía a la iglesia, que la mujer era fumadora y de apariencia masculina, mientras que el hombre estaba diagnosticado como tuberculoso, lo que exacerbó a sus vecinos cercanos que forzaron su salida de la casa donde residían en Palma para evitar contagios. Se llega a hablar de apedreamiento por parte de los lugareños.

Esta estancia, que terminó de forma tan poco afortunada, curiosamente ha tenido a la postre un final extraordinariamente positivo; los 59 días en La Cartuja se han convertido en uno de los paradigmas universales del amor, calificativo que alcanza a toda la isla de Mallorca, y los desafectos Sand y Chopín han sido declarados hijos adoptivos con gran satisfacción de propios y extraños.

Por el contrario, Hoyo guardó en el baúl de sus recuerdos el paso de Cela hasta el año 2013 y, en paralelo, Cela guardó un discreto silencio sobre este episodio, por “razones” que sólo pueden suponerse. Por cierto, Cela encontró en la Mallorca de Chopín el entorno físico y social adecuado para materializar el cuerpo central de su enorme obra.

 



[1]Andreu Manresa, El País, 30.06.2004

[2]Bartomeu Bestard, Diario de Palma, 31.01.2010