viernes, 16 de enero de 2026

Cela Conde

 

Quizás resulte un poco extraño calificar de “secuela” a Cela Conde pero a mí me resulta obligado y entrañable hacerlo.

No me refiero, aunque podría, a su persona como “consecuencia” directa del fortalecimiento del noviazgo entre Camilo y Charo que se puede visualizar a lo largo de las 28 cartas, y que tuvo su continuidad con el matrimonio en 1944 y con el nacimiento del hijo en 1946. Me refiero a mi relación   con Cela Conde nacida gracias a la búsqueda de información sobre el paso de Cela por Hoyo. Pese a lo confuso que resulta en la actualidad este sustantivo, sobre todo gracias a su uso en la informática, no dudo que Camilo es desde hace años un amigo.

En efecto, gracias a mi acercamiento al Nobel he tenido la afortunada ocasión de conocer y tratar a Camilo José Arcadio Cela Conde y, por añadidura, a su estupenda mujer, Cristina, y a sus tíos Maruxa (me he quedado con las ganas de tener una charla larga y relajada con ella) y Jorge. 

Creo que desde que nos pusimos en contacto electrónico en 2013 hemos venido manteniendo una relación con múltiples elementos reconocibles como amistad: nos tuteamos desde 2014; hemos intercambiado confidencias familiares; usamos un sentido del humor similar; compartimos algunas aficiones…, pero quizás nos faltan horas de charla intrascendente, meriendas informales o encuentros en zapatillas, que seguramente son el empaste de una amistad de raigambre. Estimo, no obstante, que estamos más cerca de ser unos amigos “clásicos” que de esos “amigos” tal como los entienden las redes sociales, amigos de esos de los que no resulta llegar al millón deseado por el cantante Roberto Carlos.

Tras mis pesquisas iniciales, en la bibliografía, en la red y en la Fundación Pública Gallega, pensé que había llegado a mi tope, pero encontré el correo Camilo de la Universidad y me dirigí a él, enviándole mi opúsculo sin grandes expectativas. La figura pública del padre me hacía abrigar menguadas esperanzas de contestación; si el hijo se parecía a esa versión del padre… La respuesta no pudo ser ni más rápida, ni más positiva. Le gustaba, lo agradecía, y quedaba a la espera del reencuentro con Hoyo.

A partir de los primeros intercambios en los nos tratábamos educadamente de Ud., en los que Camilo confesaba que: del Cela de “Hoyos” no sabía nada, ni de Felisa, aunque estaba leyendo unas cartas de su padre desde el Sanatorio que había encontrado recientemente, la comunicación fue fluida y continua. Los actos de 2014, 15 y 16; la transmisión de las cartas; su apoyo y respaldo a Mi verano; su invitación a los actos del Centenario; varios cafetitos compartidos; etc., fueron dando forma a nuestra relación de amistad.

Todo ello me ha congratulado… y sorprendido. Con frecuencia me he preguntado por qué todas estas deferencias hacia mí. Yo no tenía ningún mérito explícito para recibirlas de alguien ocupaba un lugar preferente en el Universo Cela.

Las razones

Después de darle unas cuantas vueltas he concluido que, Camilo, haciendo un esfuerzo de voluntad y amor filial, había tenido que superar etapas cuando menos dolorosas de su reciente pasado: la separación de los padres, en la que optó por apoyar a su madre en medio de una cierta soledad familiar; la tensa relación con el padre; la desaparición de ambos en poco más de un año; la necesidad de pleitear para recuperar sus legítimos derechos sobre la obra de su padre; etc., y en esas se encontraba, degustando la plena “recuperación” del padre y del equilibrio familiar, cuando un desconocido le hace llegar noticia de que, en un pueblo que no ocupaba un lugar relevante de la biografía paterna, estaban pensando recuperar su memoria y darle un cierto homenaje. Se encontró con una iniciativa positiva que no tenía contrapartidas y eso era muy de agradecer, y Camilo se apresuró a compartir todo ello con sus tíos Maruxa y Jorge.

La familia Cela en el bautizo de la Biblioteca
En lo que corresponde más estrictamente a su relación conmigo, entiendo que a Camilo le congratuló que mi acercamiento al Cela del 42, ese Cela olvidado, “secuestrado” en parte por su propio personaje público, coincidiera con el que él había “descubierto” y recuperado hacía poco. Claro que las fuentes eran las mismas.

Otro sí, cabe otra sencilla razón: Camilo es un hombre biennacido de padre y madre, bien educado y, como tal, agradecido.

Los textos

La bibliografía comparada arroja alguna interesante luz al respecto. Camilo escribió a principios de 1989 la primera edición de Cela, mi padre porque era su “obligación” y porque le debe costar mucho negar un favor (lo que conlleva ponerse amarillo cientos de veces), pero en aquellas circunstancias debió resultarle una escritura dolorosa. Por cierto, no he encontrado ninguna referencia sobre la opinión que le mereció el libro a CJC, y estoy convencido que se lo debieron preguntar en más de una ocasión. A buen seguro que “ejerció de gallego”.

Tres años más tarde, tras la defunción del padre, Camilo abordó una segunda edición sobre todo para incorporar el capítulo del Nobel y en ambas ediciones consiguió no dejarse llevar por la situación que estaba atravesando.

En lo que se refiere a su relación con Hoyo, en ninguna de las dos ediciones se mencionaba, ya que la narración se iniciaba en 1946 con el nacimiento del “nene” (término con el que los Cela se refería a su hijo…, hasta que decidieron llamarle el “niño”).

A partir de la lectura de las cartas desde Hoyo, cuya noticia en prensa significó el pistoletazo de salida para mi investigación, todo ello gracias al uso "excesivo" que hizo Lola Ramírez de la información que le proporcionó Camilo, éste empezó a recuperar a unos padres jóvenes y enamorados lo que debió ser un estímulo muy positivo para ir dando forma al ya cercano Centenario.

Por mi parte, también partiendo de las cartas, pero siendo muy escrupuloso con su uso, había dado corporeidad a aquel residente en el Nuevo Sanatorio, y con el visto bueno de Camilo, en 2014, le di forma y contenido a una charla que titulé: “El hombre que se convirtió en Cela”.

Claro está, con todo el nuevo material que Camilo había ido descubriendo cuando llegó la hora del Centenario, Camilo desestimó por inadecuada una tercera edición de Cela, mi padre y abordó la redacción de Cela, piel adentro para reflejar en ella lo que su madre conoció y amó en su padre.

También en 2016 salió a la luz mi novela Mi verano con Cela en Hoyo, explotando la misma información de las cartas. Camilo me aconsejó que hiciera un ensayo (lo hice más tarde con Cela versus Hoyo) pero, no obstante, dada su amabilidad tuvo a bien apoyarla con un ingenioso texto y participar en su presentación pública.

La anterior comparación bibliográfica, trataba de poner de manifiesto cómo habían ido

convergiendo nuestras visiones de Cela, para explicar las deferencias de Camilo hacia mí, pero también es muy posible que me haya imputado indebidamente el bautizo de la Biblioteca, las atenciones del Ayuntamiento, la emoción de sus tíos durante los actos, etc.

Un último argumento, que juzgo casi definitivo, es la dedicatoria del ejemplar de Cela, piel adentro que me regaló. Textualmente dice: Para Rafael Martín, capaz de imaginar lo que aquí casi sale

 


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