martes, 20 de enero de 2026

Camilo

El huésped que durante el verano del 42 ocupó una habitación de la planta alta del chalé Toki Alai, anexionado ocasionalmente el Nuevo Sanatorio de Hoyo de Manzanares no pasaba desapercibido. Su estatura netamente superior a la media, su mirada penetrante, su voz profunda cuando menos de barítono, su verbo fácil y culto, su gracejo u hosquedad según quien fuera el interlocutor de turno, su apostura y su figura, tenían que llamar la atención.

Según se puede concluir a partir de los anteriores apuntes biográficos en aquel verano del 42 Cela era, a los ojos convencionales del mundo: un aprendiz de todo y un maestro de nada; un excombatiente “triunfante” con muchos y queridos amigos en el bando perdedor; un empleado de tercera sin oficio ni beneficio; un contagiado de la peste blanca; un autor apasionado en busca de editor; y un enamorado enfebrecido que, para los padres de su novia no cumplía casi ninguno de los requisitos del yerno ideal…, pero era Camilo José Cela.

La primera impresión de Camilo sobre el Nuevo Sanatorio, al que le subió su tío Pío, fue buena y seguramente esa buena impresión fue condición sine qua non para iniciar con buen ánimo su curación.

Es seguro que Cela no se comportaba como una "margarita gautier", pero bien a su pesar era un enfermo que había sufrido una nueva recaída. Al margen de la lógica preocupación que conllevaban las lesiones pulmonares, Cela la llevaba mal por cuanto le impedía, o al menos le imponía serias trabas, el desarrollo “normal” de su vida privada y profesional. Con 26 años, con una guerra a sus espaldas, con varios conatos frustrados de cursar una carrera universitaria, con una necesidad imperiosa de labrarse un futuro para, entre otras cosas, poder casarse…, sufría una recaída y todos sus proyectos e iniciativas se paraban o ralentizaban.

Camilo, como si de un joven actual se tratase, y pese a todo lo vivido, seguía en el hogar paterno porque sus ingresos (de segundo por abajo en el Sindicato) y sus colaboraciones en revistas y periódicos no daban para más. Los padres, como era habitual, harían cuanto fuera posible para ayudar al “chico” a superar la enfermedad con la que unos y otros venían luchando desde hacía casi 15 años. En esta ocasión, tras la postración en la cama, en Claudio Coello, buscarían y preguntarían por las opciones disponibles y debieron llegar a la conclusión de que el Dr. Valdés, el Nuevo Sanatorio y Hoyo de Manzanares componían un trinomio antituberculoso óptimo. El padre debió acceder a algún tipo de ayuda económica de la Dirección General de Aduanas (una mutualidad o similar) y optaron por una estancia en Hoyo que cubriera, al menos, el duro verano madrileño.

 La vida en el Sanatorio

Cela vivía su situación con la natural impaciencia de la que ya había informado a Ricardo León. En su Memorias, entendimientos y voluntades, de 1993, Cela, dice:

La vuelta a la rutina, a la apaciguadora y esterilizadora rutina, es capaz de amansar por aburrimiento a un indio jíbaro al que le hubieran metido una guindilla por el culo; en mi familia no hay más que deudas y yo vegeto con mi neumotórax en el Nuevo Sanatorio de Hoyo de Manzanares.

Pero vayamos con la praxis aplicada en el Nuevo Sanatorio que se materializaba en análisis y ensayos de control y seguimiento, reposo y buena alimentación (además de las aguas cárdenas y la radiactividad de Hoyo de Manzanares, claro).

El conjunto de controles a los que era sometido Camilo lo integraban: los análisis de sangre y esputos que siempre fueron negativos; las revisiones con rayos X; y las punciones pulmonares (toracocentesis diagnóstica) que Cela y los demás enfermos conocían como los “pinchazos”, y que al parecer les practicaban cada dos viernes dejándoles baldados por lo que quedaba de día. Afortunadamente estos controles indicaron una continua mejora lo que permitió que a principios de agosto ya supiera que su estancia en el Nuevo Sanatorio terminaría con el mes.

En cuanto a la alimentación baste decir que era más que suficiente, en cantidad y calidad, para satisfacer a un tragón exigente como Cela, y dice que la complementaba con prolongados reposos tumbado en una chaise longue a la amena sombra de los árboles. El resultado fue óptimo, como el propio Cela nos cuenta en el prólogo a la 6ª edición de Pabellón de reposo, donde al referirse a su estancia en el Sanatorio de Hoyo de Manzanares, afirma:

Entonces no existían las modernas drogas milagrosas que hoy hay, pero se conoce que aquellas estancias debieron hacerme bastante bien ya que, a pesar de ello, en 1946 emprendí mi primera caminata, la de la Alcarria, que no sólo no me dejó en la cuneta, sino que me sentó como un baño de agua de rosas.

Resulta relevante este reconocimiento explícito del propio Cela hacia la salubridad del aire y el clima de Hoyo de Manzanares, que le puso en la “rampa de lanzamiento” hacia la Alcarria, para escribir una de sus obras más populares. Es cierto que la causa cercana de su fallecimiento fueron deficiencias pulmonares, pero no es menos cierto que esto sucedió ya con 86 años de vida plena a sus espaldas.

En la foto (Cedida por la Fundación Charo y Camilo José Cela) aparece ese hombre joven que, dejando al margen su enfermedad y el resto de circunstancias poco favorables que se han enumerado, mira el mundo con cierta confianza, sin asomo de timidez. Está mirando al norte, hacia La Mira y La Tortuga, quizás imaginándolas como algunas de las cumbres y dificultades que deberá superar, empezando por dejar atrás su enfermedad.

Una nota curiosa, sobre todo para aquellos que no vivieron los años 40 y 50. En aquellos años las vajillas de lujo eran de porcelana, como lo siguen siendo ahora, pero las domésticas eran de una loza que se desportillaba con el uso y la limpieza, y muchos más en lugares públicos en los que el cuidado y el mimo era necesariamente menor que en una casa familiar. Cuando en Francia crearon el vidrio templado (el duralex) los españolitos que podían hacerlo viajaban a Andorra para comprar las vajillas de este nuevo y casi milagroso material. Mientras tanto había que lidiar con los platos deteriorados por lo que Camilo celebró, y mucho, que un buen día, a finales de julio, le cambiaran los platos desportillados por otros nuevos.

Credibilidad

Cuando se trata de un personaje tan creativo e imaginativo como CJC conviene ser prudente y receloso con respecto a sus afirmaciones y relatos. Aquí y allá aparecerán en el Blog varios episodios que avalan esta afirmación, como lo hace también el testimonio de su hermana Maruxa[1] en el documental El recuerdo más cercano[2], que es una de las grandes aportaciones a la celebración del Centenario. En ese documental, Maruxa, con su natural gracejo, nos dice que Camilo era un trolero empedernido por lo que, cuando daba comienzo a un relato, los familiares presentes solían mirar hacia Charo; si ella asentía discretamente, sabían que era cierto y podían seguir la historia con atención. De no asentir Charo ...

Como se irá viendo a lo largo del Blog, son varias las ocasiones en las que se han producido afirmaciones contradictorias en hechos relativos a la estancia de Cela en Hoyo, y procede tratar de dilucidar, en cada caso, si se trata de realidades vividas tal como las cuenta Cela, o hechos “adaptados” a sus gustos y caprichos narrativos. En principio, parece prudente conceder, en general, una mayor credibilidad al contenido de las cartas de un novio enamorado y entregado que trata de hacer méritos ante su Charo, que a las ocasiones en las que ese mismo hombre se dirige a un lector desconocido para contarle tal o cual pasaje.



[1]  Maruxa falleció el 29 de julio de 2020.

[2] Realizado por Belén Tánago, Carlos Agustín, Cristina Rincón y Camilo José Cela Conde, para la Fundación Charo y Camilo José Cela.



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