El huésped que durante el verano
del 42 ocupó una habitación de la planta alta del chalé Toki Alai, anexionado
ocasionalmente el Nuevo Sanatorio de Hoyo de Manzanares no pasaba
desapercibido. Su estatura netamente superior a la media, su mirada penetrante,
su voz profunda cuando menos de barítono, su verbo fácil y culto, su gracejo u
hosquedad según quien fuera el interlocutor de turno, su apostura y su figura, tenían
que llamar la atención.
Según se puede concluir a partir
de los anteriores apuntes biográficos en
aquel verano del 42 Cela era, a los ojos convencionales del mundo: un aprendiz
de todo y un maestro de nada; un excombatiente “triunfante” con muchos y
queridos amigos en el bando perdedor; un empleado de tercera sin oficio ni
beneficio; un contagiado de la peste blanca; un autor apasionado en busca de
editor; y un enamorado enfebrecido que, para los padres de su novia no cumplía
casi ninguno de los requisitos del yerno ideal…, pero era Camilo José Cela.
La primera impresión de Camilo
sobre el Nuevo Sanatorio, al que le subió su tío Pío, fue buena y seguramente esa
buena impresión fue condición sine qua non para iniciar con buen ánimo su
curación.
Es seguro que Cela no se
comportaba como una "margarita gautier", pero bien a su pesar era un enfermo que había
sufrido una nueva recaída. Al margen de la lógica preocupación que conllevaban las lesiones pulmonares, Cela la llevaba mal por cuanto le impedía, o al menos le
imponía serias trabas, el desarrollo “normal” de su vida privada y profesional.
Con 26 años, con una guerra a sus espaldas, con varios conatos frustrados de
cursar una carrera universitaria, con una necesidad imperiosa de labrarse un
futuro para, entre otras cosas, poder casarse…, sufría una recaída y todos sus
proyectos e iniciativas se paraban o ralentizaban.
Camilo, como si de un joven
actual se tratase, y pese a todo lo vivido, seguía en el hogar paterno porque
sus ingresos (de segundo por abajo en el Sindicato) y sus colaboraciones en
revistas y periódicos no daban para más. Los padres, como era habitual, harían
cuanto fuera posible para ayudar al “chico” a superar la enfermedad con la que
unos y otros venían luchando desde hacía casi 15 años. En esta ocasión, tras la
postración en la cama, en Claudio Coello, buscarían y preguntarían por las
opciones disponibles y debieron llegar a la conclusión de que el Dr. Valdés, el
Nuevo Sanatorio y Hoyo de Manzanares componían un trinomio antituberculoso
óptimo. El padre debió acceder a algún tipo de ayuda económica de la Dirección
General de Aduanas (una mutualidad o similar) y optaron por una estancia en
Hoyo que cubriera, al menos, el duro verano madrileño.
Cela vivía su situación con la natural impaciencia de la que ya había informado a Ricardo León. En su Memorias, entendimientos y voluntades, de 1993, Cela, dice:
La vuelta a la rutina, a la apaciguadora y
esterilizadora rutina, es capaz de amansar por aburrimiento a un indio jíbaro
al que le hubieran metido una guindilla por el culo; en mi familia no hay más
que deudas y yo vegeto con mi neumotórax en el Nuevo Sanatorio de Hoyo de
Manzanares.
Pero vayamos con la praxis
aplicada en el Nuevo Sanatorio que se materializaba en análisis y ensayos de
control y seguimiento, reposo y buena alimentación (además de las aguas cárdenas y la radiactividad de Hoyo de
Manzanares, claro).
El conjunto de controles a los
que era sometido Camilo lo integraban: los análisis de sangre y esputos que
siempre fueron negativos; las revisiones con rayos X; y las punciones
pulmonares (toracocentesis diagnóstica) que Cela y los demás enfermos conocían
como los “pinchazos”, y que al parecer les practicaban cada dos viernes
dejándoles baldados por lo que quedaba de día. Afortunadamente estos controles
indicaron una continua mejora lo que permitió que a principios de agosto ya
supiera que su estancia en el Nuevo Sanatorio terminaría con el mes.
En cuanto a la alimentación baste
decir que era más que suficiente, en cantidad y calidad, para satisfacer a un
tragón exigente como Cela, y dice que la complementaba con prolongados reposos
tumbado en una chaise longue a la amena sombra de los árboles. El resultado fue óptimo, como el
propio Cela nos cuenta en el prólogo a la 6ª edición de Pabellón de reposo,
donde al referirse a su estancia en el Sanatorio de Hoyo de Manzanares, afirma:
Entonces no existían las modernas drogas
milagrosas que hoy hay, pero se conoce que aquellas estancias debieron hacerme
bastante bien ya que, a pesar de ello, en 1946 emprendí mi primera caminata, la
de la Alcarria, que no sólo no me dejó en la cuneta, sino que me sentó como un
baño de agua de rosas.
Resulta relevante este
reconocimiento explícito del propio Cela hacia la salubridad del aire y el
clima de Hoyo de Manzanares, que le puso en la “rampa de lanzamiento” hacia la
Alcarria, para escribir una de sus obras más populares. Es cierto que la causa
cercana de su fallecimiento fueron deficiencias pulmonares, pero no es menos
cierto que esto sucedió ya con 86 años de vida plena a sus espaldas.
Una nota curiosa, sobre todo para
aquellos que no vivieron los años 40 y 50. En aquellos años las vajillas de
lujo eran de porcelana, como lo siguen siendo ahora, pero las domésticas eran
de una loza que se desportillaba con el uso y la limpieza, y muchos más en
lugares públicos en los que el cuidado y el mimo era necesariamente menor que
en una casa familiar. Cuando en Francia crearon el vidrio templado (el duralex)
los españolitos que podían hacerlo viajaban a Andorra para comprar las vajillas
de este nuevo y casi milagroso material. Mientras tanto había que lidiar con
los platos deteriorados por lo que Camilo celebró, y mucho, que un buen día, a finales de julio, le
cambiaran los platos desportillados por otros nuevos.
Credibilidad
Cuando se trata de un personaje
tan creativo e imaginativo como CJC conviene ser prudente y receloso con
respecto a sus afirmaciones y relatos. Aquí y allá aparecerán en el Blog varios episodios que avalan esta
afirmación, como lo hace también el testimonio de su hermana Maruxa[1] en el documental El recuerdo más cercano[2], que es una de las
grandes aportaciones a la celebración del Centenario. En ese documental,
Maruxa, con su natural gracejo, nos dice que Camilo era un trolero empedernido
por lo que, cuando daba comienzo a un relato, los familiares presentes solían
mirar hacia Charo; si ella asentía discretamente, sabían que era cierto y
podían seguir la historia con atención. De no asentir Charo ...
Como se irá viendo a lo largo del
Blog, son varias las ocasiones en las
que se han producido afirmaciones contradictorias en hechos relativos a la
estancia de Cela en Hoyo, y procede tratar de dilucidar, en cada caso, si se
trata de realidades vividas tal como las cuenta Cela, o hechos “adaptados” a
sus gustos y caprichos narrativos. En principio, parece prudente conceder, en
general, una mayor credibilidad al contenido de las cartas de un novio
enamorado y entregado que trata de hacer méritos ante su Charo, que a las
ocasiones en las que ese mismo hombre se dirige a un lector desconocido para
contarle tal o cual pasaje.
[1] Maruxa falleció el
29 de julio de 2020.
[2] Realizado por Belén Tánago, Carlos
Agustín, Cristina Rincón y Camilo José Cela Conde, para la Fundación Charo y Camilo José Cela.


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