martes, 20 de enero de 2026

Charo

La principal fuente de información de la estancia de Cela en Hoyo de Manzanares, es, sin duda, las 28 cartas que remitió a Charo desde el Sanatorio, cartas que Cela Conde encontró en un arcón, tras el fallecimiento de su madre.

Por supuesto, las cartas contienen muy diversos detalles, datos y anécdotas, pero al margen y por encima de todo ello, se trata de cartas de amor, de cartas de un novio “encelado”, en las que predominan la exaltación de sus sentimientos, pero en las que, a través de su lectura, se puede seguir una breve, pero muy sabrosa, pirueta de esa especie de montaña rusa que suelen experimentar los enamorados.

Rosario Conde Picavea es, por tanto, una gran protagonista de esta historia. Era gijonesa de origen, hija de un Juez de Primera Instancia y, al parecer, conoció a Camilo en un guateque el día de Reyes de 1940, fecha que él llevaba grabada en un anillo como si se tratara de la fecha de boda.

Charo había cursado magisterio, pero había tenido que trabajar como mecanógrafa en las oficinas del Sindicato del Metal, lo que con el tiempo resultó de gran utilidad a Cela ya que Charo le mecanografiaba sus endiabladas páginas manuscritas, repletas de correcciones y múltiples indicaciones del orden a seguir.

Farmacia Hamburguesa durante
la guerra (Foto PastVu)
Al margen de esa experiencia profesional, de la información contenida en las cartas se deduce que, al menos en aquel verano, Charo ayudaba a su hermana M.ª Luisa en la atención de la farmacia de la que era titular. Estaba ubicada en la Gran Vía, bajo el nombre de Farmacia y Perfumería "Hamburguesa", nombre que hoy resultaría absolutamente inadecuado, a no ser que se tratara de un local de comida rápida.

Debe señalarse que M.ª Luisa Conde fue la octava mujer española farmacéutica y que su local cobró notoriedad gracias a la foto en la que aparece protegido por los sacos terreros durante la guerra civil.

Desde el Sanatorio aún se puede ver, como lo hizo Cela entonces, el familiar perfil del edificio de la Compañía Telefónica lo que le produciría una profunda tristeza (tal vez, morriña) al recordar lo cerca que ese edificio estaba de su añorada novia; y es que la farmacia estaba en el número 39 de la Gran Vía, casi esquina a la plaza de Callao, mientras que el dominante edificio de Telefónica ocupaba y ocupa el número 28, en la acera de enfrente.

Expresiones del Cela enamorado

Las cartas que Camilo escribe a su adorada y añorada Charo están llenas, durante el mes de julio, de vehementes proclamas de amor, algunas tremebundas, propias de quien además de enamorado se siente sólo, enfermo y rodeado de enfermos.

Camilo supone que Charo no podría soportar todo cuanto él la ama; le recuerda que lleva un anillo, que besa con unción, en el que ha grabado: Charo, 6-1-40, que debía ser la fecha en la que se conocieron y tal vez se ennoviaron; y tras proclamar su profunda tristeza y reclamar su visión, su contacto y sus besos, le amenaza con determinadas tonterías que ella ya conoce. Seguramente Cela debía “jugar” con la idea del suicidio, tan propia del romanticismo extremo y de los tuberculosos, sometiendo a Charo a una especie de “chantaje afectivo”.

Eso sí, todos los males, todos los pesares, todas las angustias derivadas de la obligada separación vuelan por los aires cuando se produce el ansiado encuentro de los enamorados. Charo había subido a Hoyo el domingo 12 de julio, y Cela esperaba que volviera a hacerlo el domingo 26. La perspectiva de esta nueva ocasión de estar con su amada inflama la pasión de Camilo que trata de preparar minuciosamente a Charo para lo que le espera: Estar besándola todo el día, desde el momento en el que se apeara del autobús.

Pabellón de reposo

Al referirse a las numerosas expresiones de amor vertidas en las cartas, merece la pena abrir un paréntesis para echar una ojeada a la novela (inicialmente, un folletín de El español) que Cela inició en el Sanatorio.

Pabellón de reposo no es una novela literalmente autobiográfica, pero toda novela contiene elementos biográficos más o menos explícitos de su autor. Ésta recoge experiencias vividas por Cela, adaptadas a su imaginación e intereses, que como ya le escribió a Charo eran, en aquel momento, poner al descubierto lo que era para él la ruindad de los enfermos; de las "margaritas".

De los siete personajes que conviven (tal vez sería más acertado decir que “conmueren”) en el Pabellón, tres son mujeres y cuatro, hombres. Cela deja jirones de su persona en el ocupante de la habitación 52 (capítulo I), que había ido al sanatorio para pasar los dos meses de verano (como él) pero al que todo se le complica y que había tenido una novia que murió cuatro años atrás (¿como Toisha?)

Pero quien aparece como una “proyección morbosa” de su persona es quien mora en la habitación 11 (capítulo V). En sus comentarios, Cela tilda a este personaje de fingimiento, pero: escribe cartas a su amada firmadas con una C y canturrea tangos, la única música que Camilo decía aguantar. El personaje y el autor, recluidos ambos en un sanatorio antituberculoso, escriben a sus amadas y, como no podría ser de otro modo, les dicen cosas tan parecidas como:

El personaje, en la carta del lunes:

Te quiero como nadie quiere a nadie, como jamás ninguna mujer pudo decir que la quisieran,

y en una postdata del miércoles:

Te quiero con locura, amada mía de mi corazón, con una locura infinita. ¿Te agrada saberlo?

La coincidencia con las frases del autor a su novia son más que evidentes y lógicas. Cela se presenta como un auténtico sufridor por amor, que quiere a su novia más de lo pueda quererla su propia madre.

No se puede concluir este espigueo de protestas de amor del mes de julio sin aludir al supuesto sueño erótico que Camilo dice haber tenido durante la siesta del 23 de julio. Se trata sin duda del clásico cortejo propio del casto noviazgo de aquellos años, de difícil traslación a las actuales generaciones jóvenes. Camilo “tienta” a Charo, sin atreverse a llegar a la consumación, ni aún en sueños.

La crisis y su resolución

Cerrado el paréntesis del Pabellón, podemos volver a la euforia de las venidas de Charo a Hoyo (ya se ha dicho que sólo fueron dos) y a las profundas depresiones y monumentales “cabreos” por las ausencias y las subidas fallidas del resto de domingos, sólo mitigadas por las bajadas de Camilo a Madrid.

Cela reacciona entre mal y peor ante estas decepciones que levantan en él celos y recelos, como es habitual en enamorados de fuerte carácter posesivo, y más en una situación crítica como era la suya.

A lo largo de la correspondencia de esos dos meses se puede seguir la evolución de una crisis, más de Camilo que de Charo, que se origina con las ausencias de ella durante tres domingos seguidos (19 y 26 de julio, y 2 de agosto), que llevan la exasperación de Cela a límites insospechados, hasta que Charo le para, le calma y le “ahorma”, en esos términos taurinos que tanto gustaban a Cela, con una carta y una conversación telefónica en los días 14 y 15 de agosto.[1]

Cela utiliza todo tipo de argumentos y trucos en sus reclamaciones a Charo. Empieza por intentar darle pena, con su tristeza y su pérdida de peso contraindicada en la convalecencia de un enfermo pulmonar. Tras las quejas resignadas, se ve que la presión de la olla de su corazón y su cabeza fue in crescendo hasta que decidió hacer partícipe a Charo de su rebote tremebundo dedicándole algunos párrafos incendiarios al saber que había ido de visita a casa de un amigo de la familia en lugar se subir a verle a él; llega a la conclusión de que Charo no le quiere tanto como él a ella, entra en guerra declarada con su presunta familia política, a la que supone no gustar mucho y, con la boca pequeña, admite que en sus actuales circunstancias físicas y económicas no es un marido ideal y la conmina a que sea clara al respecto.

A mediados de julio, cuando sabe Cela que tampoco subiría Charo el día 16, el mosqueo del enfermo debió llegar a su punto álgido tanto que, tras haber escrito una carta, debió releerla y optó prudentemente por romperla. En la carta siguiente, ya pensada y releída, vuelve a la carga contra la sumisión de Charo a la familia y recurre al Evangelio para llamarla a la “obediencia”; claro que Cela hace trampa al citar a san Mateo, ya que éste escribió que el hombre dejará a su padre y su madre para unirse a su mujer, mientras que él dice que será la mujer quien lo haga, pero bueno era el enfebrecido Cela para andarse con esas minucias.

Charo, que como mujer entendía y sabía gestionar adecuadamente los sentimientos, debió considerar que el tema había llegado demasiado lejos y que, de alguna manera, le correspondía mover alguna ficha que sirviera de paliativo al novio enfadado que tampoco se merecía pasar ese quinario, y más en sus circunstancias de enfermedad y soledad. De modo que mantuvo con él alguna conversación telefónica y, sobre todo, le debió escribir una carta explicativa y amorosa que causó en Cela el efecto balsámico pretendido.

Al verse correspondido, Cela, vuelve grupas, y se declara arrepentido de sus anteriores exabruptos y dulcemente enamorado. Ha conseguido algo de lo que buscaba, que Charo le confirme por escrito, como a él le gusta, sus sentimientos; que le diga que le quiere y que está dispuesta a casarse con él tan pronto como sea posible. Todo ello calma a Cela que olvida o deja a un lado sus dudas y recriminaciones. Ahora podrá dedicar el resto de su estancia en Hoyo a otras actividades.



[1] De momento no conozco esas Cartas de Charo ¿Existirán y saldrán a la luz algún día?


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