La principal fuente de
información de la estancia de Cela en Hoyo de Manzanares, es, sin duda, las 28
cartas que remitió a Charo desde el Sanatorio, cartas que Cela Conde encontró
en un arcón, tras el fallecimiento de su madre.
Por supuesto, las cartas contienen
muy diversos detalles, datos y anécdotas, pero al margen y por encima de todo
ello, se trata de cartas de amor, de cartas de un novio “encelado”, en las que
predominan la exaltación de sus sentimientos, pero en las que, a través de su
lectura, se puede seguir una breve, pero muy sabrosa, pirueta de esa especie de
montaña rusa que suelen experimentar los enamorados.
Rosario Conde Picavea es, por tanto, una gran protagonista de esta historia. Era gijonesa de origen, hija de un Juez de Primera Instancia y, al parecer, conoció a Camilo en un guateque el día de Reyes de 1940, fecha que él llevaba grabada en un anillo como si se tratara de la fecha de boda.
Charo había cursado magisterio,
pero había tenido que trabajar como mecanógrafa en las oficinas del Sindicato
del Metal, lo que con el tiempo resultó de gran utilidad a Cela ya que Charo le
mecanografiaba sus endiabladas páginas manuscritas, repletas de correcciones y
múltiples indicaciones del orden a seguir.
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| Farmacia Hamburguesa durante la guerra (Foto PastVu) |
Debe señalarse que M.ª Luisa
Conde fue la octava mujer española farmacéutica y que su local cobró notoriedad
gracias a la foto en la que aparece protegido por los sacos terreros durante la
guerra civil.
Desde el Sanatorio aún se puede
ver, como lo hizo Cela entonces, el familiar perfil del edificio de la Compañía
Telefónica lo que le produciría una profunda tristeza (tal vez, morriña) al
recordar lo cerca que ese edificio estaba de su añorada novia; y es que la
farmacia estaba en el número 39 de la Gran Vía, casi esquina a la plaza de
Callao, mientras que el dominante edificio de Telefónica ocupaba y ocupa el
número 28, en la acera de enfrente.
Expresiones del Cela enamorado
Las cartas que Camilo escribe a
su adorada y añorada Charo están llenas, durante el mes de julio, de vehementes
proclamas de amor, algunas tremebundas, propias de quien además de enamorado se
siente sólo, enfermo y rodeado de enfermos.
Camilo supone que Charo no podría
soportar todo cuanto él la ama; le recuerda que lleva un anillo, que besa con
unción, en el que ha grabado: Charo, 6-1-40, que debía ser la fecha en la que
se conocieron y tal vez se ennoviaron; y tras proclamar su profunda tristeza y
reclamar su visión, su contacto y sus besos, le amenaza con determinadas
tonterías que ella ya conoce. Seguramente Cela debía “jugar” con la idea del
suicidio, tan propia del romanticismo extremo y de los tuberculosos, sometiendo
a Charo a una especie de “chantaje afectivo”.
Eso sí, todos los males, todos
los pesares, todas las angustias derivadas de la obligada separación vuelan por
los aires cuando se produce el ansiado encuentro de los enamorados. Charo
había subido a Hoyo el domingo 12 de julio, y Cela esperaba que volviera a
hacerlo el domingo 26. La perspectiva de esta nueva ocasión de estar con su
amada inflama la pasión de Camilo que trata de preparar minuciosamente a Charo
para lo que le espera: Estar besándola todo el día, desde el momento en el que
se apeara del autobús.
Pabellón de reposo
Al referirse a las numerosas
expresiones de amor vertidas en las cartas, merece la pena abrir un paréntesis
para echar una ojeada a la novela (inicialmente, un folletín de El español) que
Cela inició en el Sanatorio.
Pabellón de reposo no es una novela literalmente autobiográfica,
pero toda novela contiene elementos biográficos más o menos explícitos de su
autor. Ésta recoge experiencias vividas por Cela, adaptadas a su imaginación e
intereses, que como ya le escribió a Charo eran, en aquel momento, poner al
descubierto lo que era para él la ruindad de los enfermos; de las "margaritas".
De los siete personajes que
conviven (tal vez sería más acertado decir que “conmueren”) en el Pabellón,
tres son mujeres y cuatro, hombres. Cela deja jirones de su persona en el
ocupante de la habitación 52 (capítulo I), que había ido al sanatorio para
pasar los dos meses de verano (como él) pero al que todo se le complica y que
había tenido una novia que murió cuatro años atrás (¿como Toisha?)
Pero quien aparece como una
“proyección morbosa” de su persona es quien mora en la habitación 11 (capítulo
V). En sus comentarios, Cela tilda a este personaje de fingimiento, pero:
escribe cartas a su amada firmadas con una C y canturrea tangos, la única
música que Camilo decía aguantar. El personaje y el autor, recluidos ambos en
un sanatorio antituberculoso, escriben a sus amadas y, como no podría ser de
otro modo, les dicen cosas tan parecidas como:
El personaje, en la carta del
lunes:
Te quiero como nadie quiere a nadie, como
jamás ninguna mujer pudo decir que la quisieran,
y en una postdata del miércoles:
Te quiero con locura, amada mía de mi corazón,
con una locura infinita. ¿Te agrada saberlo?
La coincidencia con las frases del autor a su novia son más que evidentes y lógicas. Cela se presenta como un auténtico sufridor por amor, que quiere a su novia más de lo pueda quererla su propia madre.
No se puede concluir este espigueo de protestas de amor del mes de julio sin aludir al supuesto sueño erótico que Camilo dice haber tenido durante la siesta del 23 de julio. Se trata sin duda del clásico cortejo propio del casto noviazgo de aquellos años, de difícil traslación a las actuales generaciones jóvenes. Camilo “tienta” a Charo, sin atreverse a llegar a la consumación, ni aún en sueños.
La crisis y su resolución
Cerrado el paréntesis del Pabellón,
podemos volver a la euforia de las venidas de Charo a Hoyo (ya se ha dicho que
sólo fueron dos) y a las profundas depresiones y monumentales “cabreos” por las
ausencias y las subidas fallidas del resto de domingos, sólo mitigadas por las
bajadas de Camilo a Madrid.
Cela reacciona entre mal y peor
ante estas decepciones que levantan en él celos y recelos, como es habitual en
enamorados de fuerte carácter posesivo, y más en una situación crítica como era
la suya.
A lo largo de la correspondencia
de esos dos meses se puede seguir la evolución de una crisis, más de Camilo que
de Charo, que se origina con las ausencias de ella durante tres domingos
seguidos (19 y 26 de julio, y 2 de agosto), que llevan la exasperación de Cela
a límites insospechados, hasta que Charo le para, le calma y le “ahorma”, en
esos términos taurinos que tanto gustaban a Cela, con una carta y una
conversación telefónica en los días 14 y 15 de agosto.[1]
Cela utiliza todo tipo de
argumentos y trucos en sus reclamaciones a Charo. Empieza por intentar darle
pena, con su tristeza y su pérdida de peso contraindicada en la convalecencia
de un enfermo pulmonar. Tras las quejas resignadas, se ve que la presión de la
olla de su corazón y su cabeza fue in crescendo hasta que decidió hacer
partícipe a Charo de su rebote tremebundo dedicándole algunos párrafos
incendiarios al saber que había ido de visita a casa de un amigo de la familia
en lugar se subir a verle a él; llega a la conclusión de que Charo no le quiere
tanto como él a ella, entra en guerra declarada con su presunta familia
política, a la que supone no gustar mucho y, con la boca pequeña, admite que en
sus actuales circunstancias físicas y económicas no es un marido ideal y la
conmina a que sea clara al respecto.
A mediados de julio, cuando sabe
Cela que tampoco subiría Charo el día 16, el mosqueo del enfermo debió llegar a
su punto álgido tanto que, tras haber escrito una carta, debió releerla y optó
prudentemente por romperla. En la carta siguiente, ya pensada y releída, vuelve
a la carga contra la sumisión de Charo a la familia y recurre al Evangelio para
llamarla a la “obediencia”; claro que Cela hace trampa al citar a san Mateo, ya
que éste escribió que el hombre dejará a su padre y su madre para unirse a su
mujer, mientras que él dice que será la mujer quien lo haga, pero bueno era el
enfebrecido Cela para andarse con esas minucias.
Charo, que como mujer entendía y
sabía gestionar adecuadamente los sentimientos, debió considerar que el tema
había llegado demasiado lejos y que, de alguna manera, le correspondía mover
alguna ficha que sirviera de paliativo al novio enfadado que tampoco se merecía
pasar ese quinario, y más en sus circunstancias de enfermedad y soledad. De
modo que mantuvo con él alguna conversación telefónica y, sobre todo, le debió
escribir una carta explicativa y amorosa que causó en Cela el efecto balsámico
pretendido.
Al verse correspondido, Cela,
vuelve grupas, y se declara arrepentido de sus anteriores exabruptos y
dulcemente enamorado. Ha conseguido algo de lo que buscaba, que Charo le
confirme por escrito, como a él le gusta, sus sentimientos; que le diga que le
quiere y que está dispuesta a casarse con él tan pronto como sea posible. Todo
ello calma a Cela que olvida o deja a un lado sus dudas y recriminaciones.
Ahora podrá dedicar el resto de su estancia en Hoyo a otras actividades.


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