Una segunda secuela escrita de la
estancia de Cela en Hoyo es el poema Nupcial.
Para contextualizarlo merece la pena imaginar cómo pudo ser la llegada de Camilo
al Nuevo Sanatorio:
El día 2 de julio de 1942, el tío
Pío le subió en su coche y lo lógico es pensar que se registrarían en la administración
el Sanatorio y le conducirían a su habitación del chalé
Toki Alai, para alojarse allí junto con el resto de pacientes no
infecciosos. Dejaría su equipaje en la habitación y Dª Paquita, responsable de
ese pabellón, le presentaría a sus compañeros (Felisa Ibáñez, Eugenio Baras, etc.) y al personal que le iba a
atender.
En cuanto le fue posible, quizás
después de la copiosa comida (pisto, tortilla de patata, chuletas de cordero, 3
plátanos y un vaso de leche, según le cuenta a Charo) Cela debió bajar las
escaleras para inspeccionar el jardín del chalé y de inmediato encontrar un
pequeño roquedal coronado por una encina que le proporcionaba una fresca y
amena sombra. Era un sitio ideal para sentirse rodeado de naturaleza, donde poder
leer y meditar, al pie de su residencia y sin la ominosa presencia de algunos
de sus dolientes y quejumbrosos compañeros del Sanatorio propiamente dicho.
Hay escasas dudas sobre la
predilección que Cela sintió por el paraje ya que fue el elegido por él para
posar en varias fotografías. Camilo se había subido acompañado por su cámara y
en la segunda quincena de julio materializó una primera sesión de poses, según
le exigía su personalidad, utilizando ese roquedal como plató.
Además de la foto en la que posó de pie se hizo retratar también sentado, apoyado en esa misma encina (por eso dimos en llamar al roquedo la “Silla de Cela”), observando cómo se pone el sol tras Los Picazos.
Con estas tomas, Camilo debió
completar el carrete con el que había subido a Hoyo y que mandaría a revelar a
Madrid gracias a los buenos oficios de Faustino el cobrador del autobús, que se
prestaba a realizar estos encargos.
Al quedarse sin material, y tras
decirle a Charo en la carta del día 29 que: vacaciones sin kodak son
vacaciones perdidas, le pide un nuevo carrete de 6x9 (“efectivamente, de
madera”). Debió ser con este nuevo carrete con el que se materializaría la foto
que testimonia la subida de Charo el sábado 23 de agosto acompañada de Miguel Ángel Elorza, novio de
Felisa Ibáñez de Aldecoa y empleado en la Editorial Aldecoa, que le publicará
pocos meses después La familia de Pascual
Duarte.
Durante los primeros días de su
estancia en el sanatorio hoyense suceden dos hechos relevantes a los efectos de
lo que aquí se expone: por un lado, observa que la encina que le da sombra en
su roquedal predilecto ha nacido entre las grietas del granito aprovechando la
humedad que se conserva en ellas. Esto, llena su cabeza de sugerentes imágenes y
líricas metáforas.
El otro hecho es que la
convivencia con otros enfermos, la constatación de su estado de ánimo, la
paciente escucha de sus quejas resignadas y dolientes que ya conocía de su paso
por el sanatorio de Guadarrama cuando sólo contaba quince años, le impelen a
coger papel y pluma y empezar una novela sobre las vidas, esperanzas y desesperanzas
de los enfermos, de la que aún sin empezar ya tiene título, tal como le
comunica a Charo en su carta de 6 de julio:
Me han dado ya una mesa para mi cuarto y
tengo en proyecto estrenarla empezando una novela a la que titularé “pabellón
de reposo”; los tísicos son gente ruin, créeme, y muy novelable, demasiado
novelable.
Ambos hechos coadyuvan para
concluir en lo que sigue. Para empezar, en el tercer párrafo del Pabellón, el
narrador dice textualmente:
Hay árboles que crecen- ¡por el invierno no se
da uno cuenta de nada! - de una manera inverosímil, encima de una piedra, y en
sus raíces, como quedan al aire….
Y en el tercer párrafo del
Epílogo vuelve sobre el tema:
Los árboles que nacen - ¡cómo fijó el verano
nuestra idea! - de una manera inverosímil, encima de una piedra, ya no guardan
en sus raíces, que quedan al aire….
Es evidente que la imagen de la
encina incrustada en el granito le había impactado a aquel observador Cela.
Han pasado casi ochenta años desde la toma de las fotografías de Cela en el roquedal y se puede seguir compartiendo el asombro de Camilo. Ahí sigue la encina “surgiendo” del granito; ahí siguen las raíces al aire; aún se puede sentar el observador, para ver la puesta de sol, con la única diferencia del notable crecimiento de la masa vegetal que rodea el roquedal, fruto de la feracidad del campo hoyense.
Pero vuelvo a 1942. Cela ha
enviado a revelar el primer carrete a Madrid y recibe los resultados el día 30.
Tras examinar las fotos elige tres y un cliché que le manda a Charo el día 31:
Ahí te envío esas tres fotos y ese cliché
para que mandes hacer una ampliación tamaña postal; es –como está a la vista-
una foto muy bonita y yo creo que ampliada estará muy bien. Cuando la tengas me
la envías; yo le pondré una “bella frase” por detrás y te la mandaré de nuevo.
¿Hace?
Pasan diez días duros, en los que
Cela lucha con todas sus fuerzas para que Charo suba a verle y no se distraiga
con compromisos familiares que le parecen banales, y además baja a Madrid
porque su madre ha sufrido un malestar veraniego que, afortunadamente, no
reviste mayor importancia. El martes 11 escribe a su novia lo siguiente:
Al llegar ayer por lo noche me encontré aquí
con dos cartas tuyas en una de las cuales venía mi foto que está bastante bien.
Ahí te la devuelvo con esos versos que quizás no entiendas de la primera pero
que ya veremos que comprendas de la segunda o de la tercera.
Mejor correr un tupido velo sobre el comentario ligeramente misógino de Cela; ignoro si Charo jugaba a hacerse la tonta para halagar a Camilo, pero estoy seguro de que entendió el Poema, no a la tercera, la segunda o la primera, sino antes de recibirlo. Tiempo tuvo Cela de conocer y valorar las capacidades y la largura de Charo.
El poema, que Cela titula: Nupcial, está dedicado: Para mi mujer, Charo Conde Picavea y
fechado: Hoyo de Manzanares, 11 de agosto 1942, dice lo siguiente:
Igual que acaba en roble
-noble savia-
la piedra de granito
-años y musgo-
terminará mi cuerpo
-sangre y miedo-
en tantos hijos como tu cuerpo sangre
-con gozoso dolor-
sobre la blanca sábana
-nieve y sudor-
donde aún más recio que granito y roble
-nuestro amor-
funda el cielo y la tierra en un abrazo
-sin fin-
Amén.
Camilojosé
Inequívocamente, el Poema está
datado en Hoyo de Manzanares, aunque las fotos estuvieran guardadas como
“Torrelodones”, debido sin duda al doloroso proceso de ocultación al que
obligaba la vergüenza social
vinculada a la peste blanca. Resulta curioso que pese a que la
tuberculosis afectó por igual a ricos (reyes, nobles, poderosos, artistas,
etc.) y a pobres, la sociedad la identificara con la miseria, la falta de aseo
y la escasa alimentación, y la considerara vergonzosa y digna de ocultación.
Los jóvenes de clase media que se veían afectados y que se recluían en
sanatorios, como es el caso de Cela, solían ser “enviados” a realizar extraños
viajes de estudio al extranjero, sin dar mayores detalles.
En lo que se refiere al leitmotiv
del Poema, quedan escasas dudas;
tanto su título, como la dedicatoria de CJC a “su mujer” (modo con el que se
dirige a su novia en la mayoría de las cartas que le escribe desde el Nuevo
Sanatorio), ponen de manifiesto que Cela tenía entre ceja y ceja la unión sacramentada
con Charo, pero habría de esperar otros dos años antes ver cumplido ese deseo.
(Su otro gran deseo, la publicación del Pascual
Duarte, lo vería satisfecho antes, al final de ese 1942).
Pero lo importante, lo
sustancioso, es su contenido. Me parece un ejemplo bellísimo del poco conocido
lirismo de Cela; había observado cómo crecía la encina entre las grietas del
granito, y va un paso más allá y él, que es un alquimista de la palabra, propone
que es la propia roca la que se “transmuta” en vegetal y convierte esta
suposición en una alegoría del maravilloso milagro de la creación de la vida
humana. Es algo sólo al alcance de alguien con gran imaginación y sensibilidad,
que ha depositado enorme ilusión en los frutos de su deseado matrimonio.
Es cierto que donde se apoya, lo
que ilumina su imaginación es una encina, pero su metáfora necesita un
“progenitor masculino” que pueda fertilizar a la “femenina roca” y por ello
transforma la encina en roble, que es el prototipo de fortaleza y robustez.
Celebro que esta esencia de la
naturaleza hoyense inspirara a Cela el Poema.
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In memoriam:
Es un honor incluir aquí este código QR con la lectura del poema en la voz del desaparecido
Luis Carcaño.




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