jueves, 22 de enero de 2026

Por qué estuvo

Cela no subió en julio de 1942 a Hoyo para veranear o para hacer senderismo sino para buscar la mejora de sus malparados pulmones. Como ha quedado dicho en Qué Cela estuvo en Hoyo, CJC venía arrastrando una lesión pulmonar desde hacía décadas. En su momento se le había practicado un neumotórax terapéutico para colapsar el pulmón, tratamiento que debió tener el efecto deseado, lo que no le impedía tener ciertas recaídas como la que le terminó llevando a Hoyo, pero afortunadamente sin presencia del bacilo y sin los demás síntomas externos de la enfermedad (esputos sanguinolentos, vómitos, etc.).

Sin duda la crisis más grave había sido la que le había obligado a internarse en el Sanatorio de Guadarrama con 15 años, pero también debió ser evacuado del frente y hospitalizado en Logroño por la misma causa.

No obstante, Cela debía tener conciencia clara de que no es lo mismo padecer una enfermedad que ser un enfermo, lo que le permitía poner una prudente distancia entre su persona, como paciente, y aquellos enfermos que anulaban su propia personalidad en aras de la “enfermedad triunfante”.

Es claro que Cela compartía la mala imagen que la mayoría de la sociedad de entonces tenía de la peste blanca y la miraba con reticencia cuando no con abierta repulsa. La actitud de algunos enfermos que centraban su vida en la enfermedad, producía un cierto desdén en el ánimo de Cela que le llevaba a calificarlos de vulgares y acongojadas margaritas gautier. La parte positiva de esta actitud, de esa consideración de los tísicos como “muy novelables”, es que eso llevó a Cela (según se lo cuenta a Charo en la carta del 8 de julio) a iniciar la escritura de su Pabellón de reposo, en la línea de Hamsun, para estrenar la mesa que había pedido que le instalaran, y dejar de utilizar el espejo como mesa improvisada. Resulta curioso que antes de escribir ni una sola línea ya tuviera decidido el título de la novela. Como veremos más adelante se lo dieron hecho.

Esa escritura  debió servirle de terapia a Cela pues descargó en su texto las heridas mentales que la enfermedad le había causado, saldando así las deudas que la tuberculosis había contraído con él; una auténtica catarsis.

 La vergüenza social

Cela también era muy sensible respecto al rechazo social, o al menos a la prevención social, ante las lesiones de pulmón y su carácter contagioso. Por esta razón no escatima precauciones para que, sobre todo, los padres de Charo no supieran dónde está “pasando” el verano; evitó la identificación rutinaria de la telefonista del Sanatorio en la llamadas telefónicas y aleccionó a los amigos a quienes envió con algún encargo a la farmacia para que “no metieran la pata”[1].

Aunque cueste pensar que alguien como Cela, que utilizó como lema de su marquesado “el que resiste, gana”, que solía ponerse el mundo por montera, que parecía estar al margen de convencionalismos, pudiera verse arrastrado a “olvidar” esta etapa de su vida, o al menos algunos detalles de ella. Pero lo cierto es que algo debió quedar muy dentro de él, pese a la catarsis del Pabellón, que explicaría que: no volviera por Hoyo de Manzanares; que no hablara de esta etapa en familia; que en alguna de sus notas autobiográficas hablara de Torrelodones en lugar de Hoyo; que las fotos que se hizo a menos de cien metros del Sanatorio las tuviera guardadas como “Torrelodones 1942”; etc.

No sería extraño que, durante aquellos años, y dada la sensibilidad social ante la tuberculosis, Hoyo de Manzanares se asociara en Madrid, con la enfermedad, como se asociaba a Ciempozuelos o Leganés, con sus manicomios (término, éste, ahora en desuso).

En coherencia con esta actitud, cuando Cela estaba preparando la subida de Charo y su hermana Maruja para el domingo 9 en la que serían acompañadas por “Felisa Aldecoa” les avisa por carta que Felisa no es portadora de bacilos.



[1] Todo esto consta así en las Cartas a Charo.


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