Cela no subió en julio de 1942 a
Hoyo para veranear o para hacer senderismo sino para buscar la mejora de sus
malparados pulmones. Como ha quedado dicho en Qué Cela estuvo en Hoyo, CJC venía arrastrando una lesión pulmonar desde
hacía décadas. En su momento se le había practicado un neumotórax terapéutico
para colapsar el pulmón, tratamiento que debió tener el efecto deseado, lo que
no le impedía tener ciertas recaídas como la que le terminó llevando a Hoyo,
pero afortunadamente sin presencia del bacilo y sin los demás síntomas externos
de la enfermedad (esputos sanguinolentos, vómitos, etc.).
Sin duda la crisis más grave
había sido la que le había obligado a internarse en el Sanatorio de Guadarrama
con 15 años, pero también debió ser evacuado del frente y hospitalizado en
Logroño por la misma causa.
No obstante, Cela debía tener
conciencia clara de que no es lo mismo padecer una enfermedad que ser un
enfermo, lo que le permitía poner una prudente distancia entre su persona, como
paciente, y aquellos enfermos que anulaban su propia personalidad en aras de la
“enfermedad triunfante”.
Es claro que Cela compartía la
mala imagen que la mayoría de la sociedad de entonces tenía de la peste blanca
y la miraba con reticencia cuando no con abierta repulsa. La actitud de algunos
enfermos que centraban su vida en la enfermedad, producía un cierto desdén en
el ánimo de Cela que le llevaba a calificarlos de vulgares y acongojadas margaritas gautier. La parte positiva de
esta actitud, de esa consideración de los tísicos como “muy novelables”, es que
eso llevó a Cela (según se lo cuenta a Charo en la carta del 8 de julio) a
iniciar la escritura de su Pabellón de
reposo, en la línea de Hamsun, para estrenar la mesa que había pedido que
le instalaran, y dejar de utilizar el espejo como mesa improvisada. Resulta
curioso que antes de escribir ni una sola línea ya tuviera decidido el título
de la novela. Como veremos más adelante se lo dieron hecho.
Esa escritura debió servirle de terapia a Cela pues descargó en su texto las heridas mentales que la enfermedad le había causado, saldando así las deudas que la tuberculosis había contraído con él; una auténtica catarsis.
Cela también era muy sensible
respecto al rechazo social, o al menos a la prevención social, ante las
lesiones de pulmón y su carácter contagioso. Por esta razón no escatima
precauciones para que, sobre todo, los padres de Charo no supieran dónde está “pasando”
el verano; evitó la identificación rutinaria de la telefonista del Sanatorio en
la llamadas telefónicas y aleccionó a los amigos a quienes envió con algún
encargo a la farmacia para que “no metieran la pata”[1].
Aunque cueste pensar que alguien
como Cela, que utilizó como lema de su marquesado “el que resiste, gana”, que
solía ponerse el mundo por montera, que parecía estar al margen de
convencionalismos, pudiera verse arrastrado a “olvidar” esta etapa de su vida,
o al menos algunos detalles de ella. Pero lo cierto es que algo debió quedar muy
dentro de él, pese a la catarsis del Pabellón, que explicaría que: no volviera por Hoyo de Manzanares; que no hablara
de esta etapa en familia; que en alguna de sus notas autobiográficas hablara de Torrelodones en lugar de Hoyo; que las
fotos que se hizo a menos de cien metros del Sanatorio las tuviera guardadas
como “Torrelodones 1942”; etc.
No sería extraño que, durante
aquellos años, y dada la sensibilidad social ante la tuberculosis, Hoyo de
Manzanares se asociara en Madrid, con la enfermedad, como se asociaba a
Ciempozuelos o Leganés, con sus manicomios (término, éste, ahora en desuso).
En coherencia con esta actitud,
cuando Cela estaba preparando la subida de Charo y su hermana Maruja para el
domingo 9 en la que serían acompañadas por “Felisa Aldecoa” les avisa por carta
que Felisa no es portadora de bacilos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario