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| Fernando Esteban Núñez |
Interesado y algo sorprendido por
la lectura de Cela versus Hoyo, mi
vecino Fernando Esteban me ha comentó que, en 1999, siendo Primer Teniente de Alcalde,
intentó que Camilo José Cela ejerciera de pregonero en las fiestas de ese año. Parece
que el intento no pasó de una llamada telefónica, en la que le comunicaron que,
por problemas de salud, le resultaba imposible atender tan amable invitación.
Hasta aquí la anécdota, que no
tiene más recorrido…, pero yo estoy demasiado involucrado en el binomio
Cela-Hoyo como para dejar pasarla por alto sin hacer algunas consideraciones al
respecto…, y ahí es donde empieza la ficción.
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| Cela de pregonero en Quiroga en el año 1990 |
La primera y obligada elucubración está unida a la mencionada llamada: ¿le llegó a Cela la invitación, en un periodo en el que el Nobel se encontraba “sobre protegido”, y de forma especial de ciertas vivencias de su pasado? Supongo que nunca lo sabremos, aunque es bien cierto, por desgracia, que la excusa de la salud era más que creíble.
Pero es el momento de dejar correr la imaginación y meterme de patas en la ucronía.
Quisiera pensar que, de haber
recibido la llamada y de haber tenido salud para ello, Cela habría aceptado la
invitación una vez que había dejado atrás sus reticencias hacia su pasado en el
Nuevo Sanatorio, como parece probarlo la referencia hecha en sus Memorias, entendimiento y voluntades de
1993.
No es difícil adivinar que el
pregón de Cela, que yo habría ido a oír con curiosidad por ser el escritor,
aunque con ciertas reservas por ser, también, el personaje, seguramente habría
alternado los recuerdos “olvidados”, con los logros alcanzados y la alegría de
lo vivido, incitando a los peñistas a gozar de las fiestas; no sé si, incluso,
habría sido tan audaz como para brindarse a dar unos capotazos en alguna
corrida.
Pero más allá del pregón y su
contenido, que era la razón de ser de la vuelta de Cela a Hoyo, lo que más me
interesa es el contexto de la imaginada visita. Lo más lógico es que el Alcalde, José
Luis Gervás (1999-2003) y Fernando Esteban, con el buen hacer de Juan de Orduña,
habrían acompañado a Cela a visitar el Colegio que fue Sanatorio; Cela habría “descubierto”
a todos que donde estuvo realmente fue en Toki Alai identificado la planta en
la que estuvo residiendo; habría contado diversas jugosas anécdotas de su
estancia; habría recordado médicos, miembros del personal y algún que otro
compañero como Eugenio Baras y Felisa Ibáñez de Aldecoa; habría recordado las
sesiones fotográficas; se habrían acercado a lo que hoy llamamos la “silla de
Cela” para comprobar que seguía ahí, etc…
La visita y el pregón habrían
tenido un importante eco en los medios, con participación significativa de la
prensa del corazón, como era habitual que asegurara el entorno que por aquellos
años rodeaba al Nobel, con una consecuencia inmediata: se habría hecho pública
la estancia Cela en Hoyo en el verano de 1942 y la importancia que tuvo para su
salud y su carrera (lo del noviazgo con Charo se habría tratado con sordina).
Con el buen sabor de boca de la
visita y el pregón, y con la repercusión del evento en los medios, el
Ayuntamiento habría debatido sobre cómo aprovechar el tirón para el pueblo. Tal
vez se habría planteado dar el nombre de Cela a una plaza o una calle; alguien
habría propuesto “recuperar” la habitación de Cela, reproduciendo lo más
fielmente posible lo que sería una habitación del Sanatorio antituberculoso de
aquellos años, como habían hecho en la Cartuja de Valldemossa con la habitación
de Chopín, que ahora sería un importante reclamo turístico; quizás alguien
habría propuesto crear una ruta telemática de Cela (anticipando la ruta
“analógica” creada por el Ayuntamiento con el pilotaje experto de Marisa
Baelo); etc…
En definitiva, Cela habría
materializado su reencuentro con Hoyo en vida (sin tener que ir de muerto con
la Santa Compaña a San Andrés de Teixido), de forma más sólida y eficaz de lo
que me tocó a mí oficiar en 2014. Todo habría sido más sencillo, yo habría sido
un espectador interesado y asombrado al conocer todo lo que había unido a Cela
y a Hoyo en el pasado, y ahora en el presente, sin tener que hacer tanta
averiguación, ni tener que haber gastado tanta tinta ni tanto byte como llevo
gastados, con menguado éxito.


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