domingo, 18 de enero de 2026

Eugenio

Para darle la réplica a Camilo en Mi verano con Cela en Hoyo, yo había creado a Miguel Vela tomando muchas cosas de mi propio padre. En abril de 2019, Eugenio Baras Navarro se puso en contacto conmigo, porque había identificado en Miguel Vela a su abuelo, Eugenio Baras Padilla que había sido compañero de Cela en el Nuevo Sanatorio, donde habían forjado una amistad sencilla y sincera.

Me puse inmediatamente en contacto con el nieto, y de lo primero que tratamos fue de la correspondencia que ambos amigos habían mantenido con posterioridad a su salida del Nuevo Sanatorio. En la familia de Eugenio había una carta y un ejemplar dedicado del Pabellón. Preguntamos a Cela Conde si en el arcón de la madre había encontrado las cartas buscadas, pero nos dijo que, de existir, estarían en la Fundación Pública Gallega, Camilo José Cela.

Me dirigí a la Fundación y prácticamente de inmediato, Lourdes Regueiro Fernández, Coordinadora de Actividades Culturales, nos confirmó la existencia de tres cartas de Eugenio Baras a Cela, y su predisposición para hacérselas llegar al nieto. Así lo hizo y Baras tuvo la deferencia de dármelas a conocer y permitir su uso.

Cuando Cela llegó al Nuevo Sanatorio sería recibido por el personal médico y auxiliar que le darían las consiguientes instrucciones, y sería presentado ante algunos de los residentes. Sabemos bien que tal vez su residente favorita fuera Felisa Ibáñez de Aldecoa, y también podemos suponer que su residente favorito fue Eugenio Baras Padilla, todos ellos alojados en Toki Alai, “pabellón de reposo” del Nuevo Sanatorio, por estar libres del maldito bacilo de Koch.

Tras la primera presentación, que sin duda correría a cargo de Dª Paquita, Camilojosé (como él firmaba en varias cartas) debió ser “flechado” por Eugenio ya que en su segunda carta a Charo le dice:

La gente habla demasiado de la enfermedad y presumen de diagnósticos afortunados, o complicados, o simplemente divertidos. Doña Paquita, que es una señora encargada del pabellón donde yo estoy, nos da sabios consejos, y el señor Varas –a quien el Banco donde estaba empleado la paga la pensión- me anima con su veteranía.

Obsérvese que Cela escribe Varas. Volveré sobre ello.

Hay que hacer constar que, si la diferencia de edad era notable, Baras tenía 49, casi el doble de los 26 de Cela, mayor era la diferencia de status social; Baras estaba casado, con cuatro hijos y tenía ya a sus espaldas más de veinte años de trabajo en el Banco Español de Crédito (Banesto), mientras que Cela seguía buscando un lugar en la sociedad y unos ingresos que le permitieran subsistir y casarse.

No creo que se estableciera una relación paterno filial, sobre todo desde la óptica de Cela ya que su referencia obligada sería su padre que tenía por entonces 61 años, pero sí que Cela pudo encontrar en Baras una especie de tío o hermano mayor lleno de madurez, buen sentido y sensatez.

Baras Navarro describe a su abuelo como un hombre de carácter reservado y tranquilo, de exquisita educación, amable, culto, sensible y disciplinado; de buena conversación y fino humor, pero sobre todo gran protector de su familia. Es posible que Baras tomara bajo su "protección" a Cela como una especie de sobrino o hermano menor, Cela. En cualquier caso, en poco tiempo, la relación entre ambos pasaría a ser simplemente de amistad (si es que la amistad puede ser simple) obviando la diferencia de edad y de posición social.

No tenemos más noticia documentada sobre la convivencia en el Sanatorio de ambos protagonistas de esta historia, pero es evidente, como luego se verá, que establecieron una amistad con su toque de complicidad, que duró hasta la desaparición de Eugenio.

Claustro de Profesores del Instituto de Baeza
Remarcado Antonio Machado 1918
Foto tomada por Francisco, hermano de Eugenio
Un tema que quizás llenara algunas horas de conversación entre ambos pudo ser Antonio Machado. Se da la circunstancia de que Francisco, hermano mayor de Eugenio, era fotógrafo y profesor de Dibujo en el Instituto de Baeza donde coincidió con Machado que impartía las clases de francés.

Antonio y Francisco mantuvieron, pues, una cierta relación de amistad en la que quizás también participó el propio Eugenio que asistió al mismo Instituto. Si el tema salió, y es lógico que saliera, debió interesarle mucho a Cela.

Personalmente, me gustaría pensar que fue Eugenio quien tomo las instantáneas Cela sobre el roquedo de Toki Alai, así como la de las dos parejas incluida en la entrada de Felisa, ya que Eugenio estaba familiarizado con la fotografía y no habría muchas personas a quienes Cela confiara tan delicada tarea (y de selfies, ni hablar).

Más allá del Sanatorio

Procede ahora seguir con el relato de la amistad post sanatorio basado en la información de la familia Baras y los documentos disponibles. Pero antes, y para entender o suponer lo que sucedió entre ambos, es conveniente recordar que Eugenio Baras residía en la calle Maiquez cuya prolongación hacia el este desemboca muy cerca de Alcalá 185, donde vivieron los Cela hasta 1949, donde nació su único hijo Camilo, y desde donde partió Cela para su viaje a la Alcarria. No hay que ser Julio Verne para imaginar que Cela y Baras aprovecharían esta proximidad para encontrarse, tomar un café, compartir vivencias y plantear nuevas expectativas, como suelen hacer los amigos. La madre de mi interlocutor (Baras Navarro) le contó que Cela visitó en varias ocasiones a Baras Padilla en su domicilio de la calle Maiquez y le llevó algunos de los libros que iba publicando.

Precisamente, el primero de los documentos disponibles es la dedicatoria del Pabellón

de reposo que, aunque no está datada, lo lógico es que estuviera fechada en 1944. En su breve texto destacan dos puntos: Cela le sigue tratando de Usted, y le llama “amigo Varas”, porque aún no han deshecho el error que debió producirse durante su presentación en el Sanatorio. Como es lógico, a Cela, hombre buen conocedor de la ortografía, se lo presentarían verbalmente y al oír lo de Baras, debió suponer que el apellido era “Varas”. Es fácil imaginar que la lectura de la cariñosa dedicatoria produciría la hilaridad de ambos y los demás presentes, y poco dudo que fue la causa de pasar del “ustedeo” al “tuteo”.

Le siguen dos cartas del verano de 1949 de las que se deduce que Cela le hizo un favor a Baras que no hemos podido identificar. Desde luego no podría ser de carácter económico, ya que Cela seguía a dos velas y lo lógico es que Baras viviera los fines de mes con un mayor desahogo, por lo que debió ser alguna gestión, algún contacto social o político, que de eso siempre estuvo Cela bien servido. Lo cierto es que el 26 de julio, en carta mecanografiada y con membrete del Banesto, Baras felicita con retraso la onomástica a su amigo, al que ya tutea, dentro de la octava de San Camilo, y le adjunta un pequeño recuerdo, reconociéndose admirador y agradecido.

Cela responde el 8 de agosto, en carta manuscrita, desde su veraniego Cebreros; en ella regaña cariñosamente a su amigo Baras (ya han deshecho el error) por mandarle el regalo que considera elegante y muy fino; afirma que hizo muy poco y que se considera bien pagado con la amistad. Ni Cela Conde, ni Baras Navarro tienen idea de cuál pudo ser ese regalo elegante y fino.


Pero hay un elemento en ambas cartas que resulta muy significativo. Los dos amigos se despiden con la frase: ¿Es verdad? ¡Es verdad!, que presupone un implícito, una complicidad de algo que les une y que les lleva a utilizarla como santo y seña. Tampoco tenemos noticia de su origen y significado, pero pone de relieve un nivel elevado de amistad. 

Hay una tercera carta de este año también incluye la contraseña. Es una carta manuscrita en la que Baras le pide orientación al “artista” Cela sobre cómo ayudar a su hijo, Baras Garzón (padre de Baras Navarro) que quiere ser pintor o dibujante y que hasta el momento es un puro autodidacta (parece que al final renunció a sus sueños en aras de la familia). Baras Padilla está pasando una crisis de salud y hace que su hijo lleve a Cela algunos de sus trabajos y la carta en la que, de nuevo, llama a Cela su protector. Como la carta está fechada en diciembre de 1949, es de suponer que Garzón tuviera que ir ya, al nuevo domicilio de los Cela en la calle Ríos Rosas.

Cuando Cela recibió el Nobel había cambiado su residencia a Guadalajara y la familia Baras Garzón vivía en Azuqueca de Henares, a unos diez kilómetros. Baras Navarro recuerda que en cierta ocasión su padre dijo:

si me presento en su casa y le digo que soy Eugenio Baras, a Cela le da un soponcio". Pero no lo hizo y es una pena, ya que seguramente le habría proporcionado una enorme alegría y no el temido soponcio.

Queda aún una cuarta carta, ésta de diciembre del 52, mecanografiada y dirigida a Buenos Aires hasta donde Cela se había desplazdo a “hacer las Américas”, con un divieso en salva sea la parte. De su paso por Chile y Argentina obtuvo más pompa (incluida una entrevista con Perón) que “circunstancias”, pero tras la visita a Venezuela sí que obtuvo el encargo de La Catira que a la larga significó una solución de continuidad positiva en su economía. En la carta, Baras le felicita por sus muchos éxitos (y eso que aún no había llegado más que hasta La Colmena) le llena de elogios, y le anticipa su intención de ir a abrazarle al aeropuerto a su regreso. Aquí no hay santo y seña.

Entiendo que toda esta información, bien documentada, autoriza para afirmar que la amistad forjada en el Nuevo Sanatorio continuó hasta el fallecimiento de Eugenio que pilló a Camilo viviendo ya en Palma.




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