jueves, 22 de enero de 2026

Qué Cela estuvo en Hoyo

En esa especie de Presentación que he titulado: ¿Por qué este Blog? ya he dejado dicho que la lectura de las veintiocho cartas que Camilo escribió a su novia me descubrió un Cela bien distinto del que habitualmente salía en periódicos, revistas, radio o televisión. Ahora es el momento de argumentar esa afirmación.

A tal efecto, es conveniente hacer una breve semblanza de los veintiséis años que Cela llevaba vividos cuando su tío Pío le subió desde Madrid al Nuevo Sanatorio de Hoyo de Manzanares.

Para empezar, resulta pertinente, en el contexto de la interrelación Cela-Hoyo, recordar que su padre, Camilo Crisanto Cela Fernández, fue un destacado miembro del Cuerpo Técnico de Aduanas, lo que posibilitó sufragar la estancia del hijo en el Sanatorio. También lo es que la familia se había trasladado a Madrid en 1925, cuando Camilo contaba nueve años.

Según los datos autobiográficos de Cela, sobre cuya fiabilidad como se verá más adelante hay que establecer algunas reservas, Camilo no debió ser un niño estándar, un niño convencional, y de ahí que resultara un estudiante entre mediocre y francamente malo, seguramente porque su carácter, su imaginación y su creatividad chocarían frontalmente con el sistema reglado de aquellos años (y de estos).

Parece que Camilo pasó por las aulas clásicas de jesuitas, maristas y escolapios, siempre con menguado éxito, y terminó sus estudios secundarios en 1934 (es decir, con 18 años) en el Instituto de San Isidro. Tras culminar el bachillerato inició la carrera de Medicina, que abandonó en el primer año porque, según sus propias palabras, le daba mucho asco.

No acabaron aquí los intentos de estudiar una carrera por parte de Cela, o quizás de la familia. Abandonada la medicina y para complacer a su padre empezó a preparar Aduanas, aunque eso sí, a cambio de que le dejara asistir como oyente a las clases de Literatura Española Contemporánea que impartía Pedro Salinas en Filosofía y Letras. Aún, tras el trágico paréntesis que impuso la guerra civil, inició Derecho donde cursó los tres primeros años y asignaturas sueltas de 4º y 5º.

En 1942, Cela estaba empleado en el Sindicato Nacional del Textil, situado en el número 14 de la calle de la Princesa, en el glorioso puesto, según sus propias afirmaciones, de segundo por abajo, después del conserje.

Pero si Cela carecía de las aptitudes y actitudes exigidas para cursar una carrera universitaria al uso, estaba más que sobrado de las que necesitaba para seguir su vocación inequívoca de escritor, y se preparaba para ello acumulando cuanta información se ponía a su alcance.

Gracias a esas clases de Salinas, que le “cambió” a su padre por empezar Aduanas, y a la asistencia a tertulias y reuniones literarias, consiguió entablar relación e incluso amistad con el escritor y filólogo Alonso Zamora Vicente; trató a Miguel Hernández y María Zambrano, en cuya casa de la plaza del conde de Barajas conoció a Max Aub, y otros muchos escritores e intelectuales.

Leía compulsivamente, aunque quizás lo que cuenta Alonso Zamora del Rivadeneyra no tenga por qué ser literalmente cierto [1]. En 1942 ya era colaborador de cuantos periódicos y revistas se le ponían a tiro, y había publicado una Biografía de san Juan de la Cruz, bajo el seudónimo: Matilde Verdú. Además, y esto es muy importante, tenía en el cajón sus poemas Pisando la dudosa luz del día, que no vieron la luz hasta 1945, y su primera y crucial novela: La familia de Pascual Duarte.

No se puede esbozar una semblanza de este joven de 26 años sin considerar la traumática experiencia que supuso para él, como para tantos otros jóvenes de su generación, la guerra civil. Su inicio le pilla en Madrid, con 20 años, convaleciente aún de su enfermedad; por coherencia con su tradición familiar y sus creencias, Cela se pasa al bando sublevado para alistarse, entrar en combate y ser hospitalizado en Logroño. Cela afirma que esta hospitalización se debió a una herida recibida en el frente, pero la familia no recuerda haber visto en el cuerpo de Camilo cicatrices que avalen tal hecho, por lo que lo más probable es que se debiera a sus pulmones maltrechos, pero el creativo Cela preferiría una versión más “heroica”.

No hay que ser muy perspicaz para deducir que la guerra civil no le dejó un buen sabor de boca, pese a haber participado en el bando vencedor. Sin duda, eso le puso al resguardo de depuraciones y represalias…, pero desde luego no le alineó anímicamente con la línea de pensamiento triunfadora. Un hombre que escribe el Pascual Duarte, la Colmena o el San Camilo, no puede pertenecer al conjunto de autores que celebraban el Régimen o lo soslayaban hábilmente. Además, contaba con grandes amigos alineados con el bando perdedor.

Aún quedan dos pinceladas muy importantes para completar este esbozo esquemático de los primeros 26 años de Cela. La primera es su condición de enamorado. Camilo era de natural enamoradizo y ha contado a su manera su iniciación en el amor y el sexo. Son creíbles, sus exhibiciones en el Canalillo, las relaciones con las fámulas, sus excesos con unas hermanas tísicas y su noviazgo con Toisha Vargas, aunque los detalles de sus narraciones puedan resultar bastante dudosos, como por ejemplo lo del ojo conservado en alcohol de la desdichada Toisha.

Pero todos estos escarceos y experiencias pueden considerarse como un camino iniciático que llevó a Cela a su encuentro con Charo Conde y a su enamoramiento fulminante y casi obsesivo, que debió producirse el día de Reyes de 1940.

Cuando Cela llega a Hoyo, su amor por Charo es, junto a la publicación de su Pascual, uno de sus temas recurrentes, una obsesión.

La última pincelada, realmente un brochazo, que termina de perfilar la persona de Cela en 1942, y que además es la causante de su subida a Hoyo, es su enfermedad. Desde su infancia Camilo fue un niño, y luego un joven, de salud quebradiza, de apetito caprichoso, que alternaba la inapetencia con la voracidad cuando algo le gustaba [2]. Su figura longilínea era de las que en los años 40 se conocían como “cuerpo de tísico”.

Fueran aquellas dos hermanas casquivanas o fuera otro el origen de su enfermedad, lo cierto es que los análisis e inspecciones confirmaron la lesión del pulmón derecho de Cela a quien practicaron un neumotórax.

Además de su propia importancia clínica, la afección pulmonar tuvo sus profundas repercusiones en el carácter del joven y del adulto Camilo; le infundió pesimismo y un sentimiento trágico de la vida, con episodios en los que ansía la muerte [3] pero también le debió servir para madurar y relativizar la importancia real de determinados hechos. Seguramente fue la escritura la que le permitió superar estos traumas de sus años más jóvenes.

Este último apunte biográfico debe completarse con un hecho de cierta trascendencia, como es el de la estancia de Cela en el antituberculoso de Guadarrama, en 1931. Camilo tenía sólo 15 años, y el ambiente de ese sanatorio no sería el que luego encontraría en Hoyo, por lo que no puede extrañar que su impresión y su reacción no fueran muy positivas.

En resumidas cuentas, y según se deduce de su biografía y de las cartas a Charo, el Cela que estuvo en Hoyo era: en lo económico y social lo que hoy llamaríamos un nini; en lo afectivo, un enamorado obsesivo; en lo físico, un enfermo resentido con la vida; y en lo anímico, un ser inseguro, que invoca continuamente a la Divina Providencia para que le solucione su presente y su futuro.

Como se ve, un ser muy distinto de ese otro despótico, chulesco, misógino y descreído que aparecía continuamente en las gacetas y entrevistas. Tal vez, la vista de otra  fotografía de Cela distanciada en el tiempo de la del principio de la entrada, ilustra bien estas diferencias.

 

 

 

 



[1] En su Acercamiento a un escritor, Alonso asume que Cela se leyó sin pausa los setenta tomos del Rivadeneyra, durante su estancia en el Sanatorio de Guadarrama

[2] La inquietante patografía de Camilo José Cela José. M.ª Rodríguez Tejeriína

[3] En Pisando la dudosa luz del día hay algún ejemplo de estos sentimientos.

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