Desde luego, en Hoyo
Hoyo
de Manzanares tenía y tiene una muy bien ganada fama de pueblo saludable. Alberto
Clavero[1],
dedica en su libro gran atención a las excepcionales virtudes y características
del agua, el aire y el suelo de Hoyo que le convierten, según su opinión, en un
“sanatorio natural”. Como podrá comprobarse estas afirmaciones entusiastas se
basan, en hechos positivos observados antes de los años 40, como eran una
elevada longevidad y, sobre todo, una mortalidad infantil notablemente menor a
la de otras poblaciones. La explicación de estos hechos, según Clavero debe
encontrarse en dos peculiaridades hoyenses: sus aguas cárdenas y su
radiactividad.
Los
expertos de la época, y muy en especial Muñoz del Castillo[2], estudiaron las aguas de varios
manantiales de Hoyo, que tenían una apariencia opalina debida a la suspensión
coloidal de sílice, magnesia y otros elementos, y que tenían efectos positivos
tanto intestinales como bronquiales. Las bautizaron con el atractivo nombre de
aguas cárdenas. Estas aguas, una vez llevadas a evaporación, dejaban una
cantidad importante de residuos (bicarbonatos, sulfatos y cloruros) que
incluían algo más que trazas de radio, lo que introduce la componente
radiactiva.
En
los años 20 la radiactividad era considerada como una circunstancia altamente
positiva; se ponderaban las aguas medicinales que eran ligeramente radiactivas,
así como aquellos terrenos graníticos que también lo eran. Muñoz del Castillo y
sus colaboradores del Instituto de Radiactividad tomaron muestras del agua, del
aire y de los terrenos llegando a algunas conclusiones que ahora, cuando se ha
abierto la “veda” del radón, pueden resultar sorprendentes. Observaron, por
ejemplo, que en las casas que no estaban soladas, la radiación (la exhalación
de radón, decimos ahora) era más alta, y proponían que no se solaran y que sus
moradores durmieran tan cerca del suelo como les fuera posible para inhalar una
mayor cantidad de radiactividad, lo que redundaría en la mejora de su salud.
En cualquier caso, en la primera mitad del siglo XX en la que la tuberculosis extendía su negra amenaza por el mundo occidental, éste no tenía más recurso que el aire seco y limpio y la buena alimentación para atajarla, por lo que las zonas montañosas ofrecieron su acogida a los sanatorios antituberculosos.
En
los alrededores de Madrid, Guadarrama, Cercedilla o Arenas de San Pedro habían
sido localidades elegidas a tales efectos. En 1923, haciéndose seguramente eco
de los estudios antes mencionados, la revista El Siglo Médico afirmaba que Hoyo
era: un rincón de la sierra llamado a
adquirir renombre nacional, tanto por su climatología como por la salubridad de
sus aguas que contenían sílice coloidal que actuaba como protectora del sistema
pulmonar.
Consecuentemente
con esta buena fama el Gobierno civil de Madrid decidió la construcción de un
primer sanatorio antituberculoso en Hoyo de Manzanares, denominado Los
Picachos, que estuvo situado en la finca llamada Miralpardo, donde hoy está
ubicada Masada perteneciente a la Comunidad israelí de Madrid. Abrió sus
puertas a finales de 1929.
Más
adelante, en 1932, se produjo la apertura del Nuevo Sanatorio de Hoyo de
Manzanares. La dirección se le encargó al doctor Rafael Navarro Gutiérrez que
también era Director por oposición del Dispensario Antituberculoso Central de
Buenavista (Madrid), y que anteriormente había sido médico interno del Hospital
Nacional y del Sanatorio de La Fuenfría.
![]() |
| Habitación del Nuevo Sanatorio |
Sí, pero ¿dónde estuvo Cela?
Este
es un punto sobre el que he tenido que rectificar mis primeras afirmaciones,
basadas en una información que al parecer no era veraz. La historia es
sencilla:
El
23 de abril de 2014, una vez concluidos los actos del Sanatorio-Colegio y de la
Inauguración de la Biblioteca, en la sobremesa del almuerzo ofrecido por el
Ayuntamiento a los Cela, apareció Victorina Rosado, debidamente compuesta como era
habitual en ella, para contar a Camilo que había conocido a su padre, así como
para insinuarle que había sido autor de no sé qué picardías. Aseguró, con total
seguridad que Cela había estado alojado en una habitación de la planta baja del hoy Colegio, en
concreto la número 8, y así lo asumimos cuantos allí estábamos presentes.
![]() |
| Remarcada la zona ampliada |
Luego,
como se comenta a continuación, resulto que no era cierto. ¿Mintió Victorina?
No lo creo, entiendo que conformó sus recuerdos de su trabajo en el Sanatorio,
unos años después, a lo que le pareció más importante y atractivo.
Tanto
en Mi verano Cela en Hoyo, como en Cela versus Hoyo yo tenía ubicado a Cela
en esa habitación 8, por lo que, conocida la nueva información, no tuve más remedio que “trasladarle” de habitación y de edificio.
¿Y
cuál fue esa nueva información que motivó mi rectificación? Pues una obtenida de
la lectura detallada del libro: Los
sanatorios antituberculosos de Hoyo de Manzanares, escrito por Pilar García
Martín y Juan Antonio Morales Bonmatí[3], que contiene
abundante e interesante información sobre esos sanatorios, incluyendo las
oportunas citas sobre la estancia de Cela en el Nuevo Sanatorio. Una de esas
citas llamó poderosamente mi atención; se trata de la incluida en la página 55,
en la que, tras haber establecido que la finca Toki Alai, aledaña al Sanatorio,
fue habilitada temporalmente para unos diez enfermos menos graves, se dice
textualmente: Se baraja la posibilidad de
que, parte del tiempo de ingreso de Cela en Hoyo de Manzanares, transcurriera
en este chalé.
Esta
suposición, que al parecer es cosa de Pilar García Martín, tiene muchos visos
de ser certera. Tras conocer esa hipótesis y mantener una primera conversación
con Pilar, me puse a revisar toda la información disponible que pudiese estar
relacionada con ella, así como a buscar datos complementarios, y llegué a la
conclusión de que era coherente con lo siguiente:
•
Entre
los dueños del Nuevo Sanatorio al principio de los años 40 estaba Rafael
Guisasola Bilbao (pelotari conocido como Begoñés
III), que era también propietario del chalé Toki Alai, contiguo a los
terrenos del Sanatorio[4]. No es de extrañar
que, durante el periodo que duraron las obras de ampliación, y para no perder
la demanda de camas, los propietarios utilizaran el chalé para residencia de
las trabajadoras en su planta baja, y como “pabellón de reposo” de unos diez
enfermos no contagiosos, en su planta alta.
•
En
las cartas a Charo no hay ninguna mención concreta sobre el edificio en el que
está alojado, pero sí se refiere a una tal Doña Paquita que es una señora encargada del pabellón donde yo estoy; lo del
“pabellón donde yo estoy” parece muy compatible con la idea de estar en otro
edificio, distinto del general en el que hoy se ubican las cocinas lel Colegio.
•
Por
otro lado, es evidente que Cela localiza muy pronto la encina que “brota” del
granito, que le sirve de leitmotiv tanto para escribir el poema hoyense Nupcial,
como para incluir sendas referencias al inicio y a la conclusión de su Pabellón de reposo. Pues bien, esa
encina y ese granito son lo que en su día bautizamos como la “Silla de Cela” y
están en Toki Alai, al pie el cahlé, que fue pabellón.
•
No
es de extrañar que tanto Cela, como Eugenio BarasPadilla, como Felisa Ibáñez de Aldecoa,
todos ellos enfermos no contagiosos, estuvieran alojados Toki Alai, convertido
transitoriamente en pabellón de reposo, en tanto no se concluyera la ampliación
del edificio principal.
![]() |
| Toki Alai en la actualidad |
[1]Clavero Roda, Alberto. Hoyo de Manzanares en la Historia (2000)
[2]Muñoz del Castillo, José. La
radiactividad en Hoyo de Manzanares, Madrid: Sucesor de Enrique Teodoro,
1923
[3]
Editorial Rapitbook 2022
[4]
Otros condueños parecen ser propio Director, Valdés Lambea, un promotor llamado
Agapito Herrero, vinculado a diversas inversiones en el puerto de Navacerrada y
José María Ruiz, médico titular de Hoyo.



No hay comentarios:
Publicar un comentario