Quizás a algún curioso lector
(Dios le bendiga) le habrá podido llamar la atención la curiosa estructura del
poema Nupcial. A los que sabemos poco o nada sobre poesía nos sorprende todo
cuanto se sale del clásico soneto, con su métrica y su rima académicas.
Aunque Cela no se prodigó en la
poesía, debía tener una cierta debilidad hacia ella, ya que en cuanto podía
recurría a versificación para volcar en el papel sus más íntimos sentimientos.
Hay numerosos ejemplos de ello en su obra y en su correspondencia, pero quizás
lo más llamativo sea que su primera obra (aunque no su primera publicación) fuera
el poemario: Pisando la dudosa luz del día, que estuvo hibernando en sus
cajones desde 1936, año en el que lo escribió, hasta 1945, año en el que vio la
nada dudosa luz de su publicación.
Fue al leer este poemario cuando
me encontré con la curiosa circunstancia de que Cela ya había utilizado la
peculiar estructura de Nupcial, en el poema que “separa” una primera parte de Pisando,
dedicada al dolor, la enfermedad y la soledad, de la segunda, dedicada
íntegramente a la muerte, la de T.V. (Toisha Vargas) y por extensión a la
muerte en general.
Las dos últimas estrofas de ese poema
que Cela tituló: Tránsito adónico, son las siguientes:
O nuestros ojos, o nuestras orejas rigurosas:
Bien saben los crucificados que hay instantes que pesan
como alacranes!
Y, oh muchacho adónico terminado en un rabo
como una golondrina madre:
Oh, pentasílabo
Sólo pretendo, aquí, resaltar el
uso de esa particular estructura en ambos poemas, Nupcial y Tránsito, así como la
utilización del adjetivo “adónico” con el que Cela debía estar familiarizado y
que, para ignorantes de la poesía, como yo, resultaba poco cercano.
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| Grabado de Enrique Herreros |
Para terminar, vuelvo al término
adónico y a su aparición en un poema tan popular y cercano como La venganza de
don Mendo. En su cuarta jornada, Muñoz Seca, incluye una conversación entre el
Marqués de Moncada y Alfonso siete (El Emperador) a la entrada de la Cueva de
Algodor, en la que el Rey se va a encontrar con Magdalena. El Marqués, alabando
las virtudes de la Cueva dice:
Y entre estos peñascos romos,
en este lugar perdido,
que semeja un bello nido
de ninfas, hadas y gnomos;
en esta penumbra grata,
bajo esta bóveda oscura,
y oyendo cómo murmura
la limpia fuente de plata,
cualquier dicho gallofero
parecerá un verso adonio;
cualquier corcova, un Petronio,
y cualquier besugo, Homero.
Con ello, pone de manifiesto el
alto aprecio que don Pedro y los amantes de la poesía tenían del término adónico.
Nota bene
Mi hija me sugiere que, tal vez,
el adjetivo adónico del Tránsito lo
utilizó Cela como sinónimo de hermoso y no para calificar al poema. Puede tener
razón. Donde no hay duda es en Moncada, ya que habla de verso adonio.

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